El juez en su ínsula: de Aragón a Cutral-Co en seis actos

El juez en su ínsula: de Aragón a Cutral-Co en seis actos

PRIMER ACTO

Como casi todo el mundo sabe, Alonso Quijano (el Quijote) había conseguido que un campesino le acompañara en sus aventuras prestándole los servicios de escudero a cambio de una promesa: después de alguna de las victorias que tendrían, el caballero iba a obsequiarlo con el gobierno de una ínsula. No con la ínsula, sino con su gobierno. Y desde el minuto uno de sus desventuras, Sancho soñó con ello. Bien sabe esa misma porción del mundo que Sancho, hombre rústico pero constante, cumplió su sueño aunque para ello no fue necesario que Quijote cumpliera su promesa: el gobierno de dicha ínsula –o mejor dicho, la ficción que todo ello conllevaba– le fue conferido por un duque que organizó todo para su diversión y la de su pequeña corte. A Quijote, por su parte, no le pareció mal darle dos tandas de consejos para ejercer el buen gobierno que, desde luego, incluían mayoritariamente sugerencias de honestidad, higiene, templanza, maneras y, por supuesto, de cómo llevar una recta administración de la justicia, que por ahí iba la cosa.

 

SEGUNDO ACTO

El pequeño campesino castellano de Cervantes, porro y todo, tenía algunas cosas claras: que ser gobernador era más que ser alcalde; pero también que prefería ir Sancho al cielo que gobernador al infierno. Estos asertos le ayudarían a pulsar la cuerda del gobierno tanto como moderar su sed de gobierno. Del gobierno de los cuerpos de los otros, de la toma de decisiones que afectaban a los comprendidos en un conflicto, pero también a todas las gentes de su ínsula. Le tomarás el gustito le decía el Duque.

Vestido a lo letrado, con un ancho gabán de chamelote y jubón atacado, delante de su basto rucio con adornos de seda, Sancho enfila hacia su vida como gobernante. Mientras leemos, lo imaginamos ingenuamente convencido, y una risita pueril se nos escapa, con alguna anacrónica culpa. No eran tiempos aquellos en que alguno afirmase que el Duque y sus dependientes estuvieran haciendo bullying al escudero de Quijote. Gente aburrida de Aragón que, en 1615, hacía lo que le venía en gana. El tiempo en tensión.

Así fue que «…con todo su acompañamiento llegó Sancho hasta un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el Duque tenía. Diéronle a entender que se llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya porque el barato con que se le había dado el gobierno.» (Quijote, II, 367) Después de entregarle las llaves del pueblo, le llevaron a la silla del juzgado y tras un gracioso rito de inicio, nuestro Sancho se puso manos a la obra, esto es, a gobernar. Y en la mejor tradición del buen gobierno, arrancó por aquello de administrar justicia.

 

TERCER ACTO

Los métodos de Sancho no eran ortodoxos, pero el pueblo comenzó a celebrarlos como eficaces. «Quedaron todos admirados y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón», de donde algunos podían permitirse suponer que quizás Dios realmente encamina a los que gobiernan, aunque sean unos tontos (Quijote, II, 371). Eso escribió Cervantes. Con sus métodos extraños, el flamante gobernador de Barataria resolvió muchos casos, entre ellos uno sobre el cual me permito solicitar atención por un momento.

Una mujer entró al juzgado de Sancho clamando por justicia, diciendo que «…este mal hombre me ha cogido en la mitad dese campo y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal lavado…», llevándose su mayor tesoro. El hombre alegó consentimiento y goce mutuo, pero Sancho le dijo que debía dar a la moza la bolsa de cuero con los 20 ducados que llevaba dentro. Asombrado, el acusado no podía creer que este gran juez lo hubiera condenado con tal precocidad y sin defensa. Pero asintió. La mujer, agradecida, salió con la bolsa y, en cuanto se alejó algunos pasos, Sancho exigió al querellado que fuese a recuperar su bolsa inmediatamente. A pocos pasos del juzgado, la trifulca por la bolsa no se hizo esperar y la querellante regresó, esta vez a denunciar un intento de robo. Apoyándose en que la mujer, aferrándose a la bolsa, no había podido ser robada por el ganadero, Sancho reflexionó que si así se hubiera defendido en el campo no hubiera perdido su anterior tesoro. Devolvió la bolsa al hombre y sin más trámite expulsó de la ínsula a la denunciante.

 

CUARTO ACTO

Hace algunos días, el fiscal en jefe de Cutral Co (provincia de Neuquén, Argentina), Santiago Terán, realizó una entrevista con una radio local, en la que, entre otros puntos, especificó que las mujeres ante la situación de la violencia de género, debían llevar armas de fuego y defender su vida incluso si para ello debían matar a sus agresores. El impacto de los dichos del magistrado trascendió rápidamente los contornos de su pequeña ínsula y fue entrevistado telefónicamente desde un programa de Televisión de alcance nacional por la periodista Luli Trujillo quien, haciendo su trabajo, le preguntaba sinceramente si tal recomendación no le parecía fuera del estado de derecho y si no le parecía injusto colocar en el cuerpo de la mujer el último bastión de la defensa de sí –dado que, según el razonamiento del fiscal, el estado no puede hacer nada cuando un hombre está decidido a matar a una mujer (sic)–.

El fiscal acosó telefónicamente a su entrevistadora intentando ponerla entre la espada y la pared para que, en una situación hipotética, decidiera sin más trámite: matar o ser asesinada. Le preguntó varias veces si sabía lo que era la legítima defensa, pero no le daba respiro, no le permitía siquiera la posibilidad de un diálogo. No digamos de una defensa.

Trujillo, muy bien posicionada, nunca asumió la falsa dicotomía ni se dejó amedrentar por un entrevistado que –en cierto momento completamente fuera de sí– llegó a decirle que lo toreaba o que le gritaba como una loca. Parece increíble, pero está documentado. Julián Guarino, el periodista que acompañaba a su colega en el piso durante la entrevista se debatía entre intervenir o callarse, pero entrevió perfectamente que hacerlo podía ser contraproducente, porque su colega no necesitaba paternalismo amigo para desmontar la trampa que le tendía el paternalismo enemigo.

 

QUINTO ACTO

Hay algo que debe llamar nuestra atención más allá de los nombres. La postura del fiscal en jefe de Cutral Co –felizmente cuestionada por el Poder Judicial de su provincia– está lejos de ser un exotismo social: el oído atento en la sala de espera de una guardia médica amenizada en pantalla gigante por un noticiero que pulsa la cuerda autoritaria de sus televidentes, tanto como una rápida revisión de los comentarios de lectores a las notas sobre el caso en algunos periódicos en línea permite recoger no pocas expresiones de apoyo al fiscal que, en sus propias palabras y en las de quienes lo bancan (así se expresa mucha gente para decir que lo apoya), dicen querer «combatir al machismo a mano armada«.

De la misma manera que últimamente aparecieron voces a favor en otros casos de justicia por mano propia –incluso en casos de intentos de robo– lo que se percibe es que los partidarios de los linchamientos no son difíciles de encontrar. Suelen coincidir con quienes entienden los femicidios como un lamentable desenlace de relaciones privadas y que, por lo tanto, no pueden formar parte de una agenda de la seguridad pública. Estas curiosas variaciones no dejarán de producir interferencias justo en este momento, cuando en la Argentina se debate la inminente implementación de los juicios por jurados en casos de alto impacto en la sensibilidad social. El sistema tiene muchas ventajas, pero a no olvidar que ciertas emociones atávicas son de difícil manejo para los sujetos, mas no para los grupos profesionales en la materia de formación de opinión pública.

 

SEXTO ACTO

Volvamos a lo que une a Sancho con el fiscal de Cutral Co. Los modos en que se expresa la misoginia son en cada caso diferentes, pero reposan en la misma convicción: el cuerpo de la mujer como bastión de su propia seguridad personal, como objeto y sujeto de su propia biopolítica. Terán, como Sancho, piensa que para una mujer sometida a una situación de violencia física inminente la mejor defensa es un buen ataque, incluso si debe cometer un homicidio y pasar luego por un juicio. La responsabilidad está puesta en la víctima de la agresión, que –siempre según nuestro fiscal quien, a diferencia de Sancho, dice combatir el machismo– tiene que elegir en un instante entre matar o ser asesinada. Tiene que usar todas sus fuerzas (como quería Sancho que las hubiese usado la mujer en descampado) y, si no las usa, es parte del problema y no de la solución. Una revictimización a toda regla.

Pero el hecho que organiza el horror que nos produce esta suerte de profunda conexión entre el fiscal de Cutral Co y Sancho Panza es que, desde el literario juzgado de Sancho a esta semana del año 2020 han pasado cuatrocientos y pico de años, algunas revoluciones y, cómo no, mucho trabajo. Legisladores y juristas han pensado mucho el derecho que, entre otras cosas, es un conjunto de herramientas destinadas a que podamos vivir juntos para que no dependamos exclusivamente de hacer valer nuestras fuerzas en descampado o en condiciones de flagrante desigualdad.

No podemos dejar de reaccionar viendo que, cada cual en su ínsula, antes y ahora, Sancho y Terán reciben algunos aplausos. Cómo no sentir en el cuerpo la tensión de esa cuerda que religa tanto dolor en el tiempo.

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