A propósito del Covid 19. El cólera de París (1832) y nuestras miserias

A propósito del Covid 19. El cólera de París (1832) y nuestras miserias

Andrés Bello y la eliminación del testamento en tiempo de contagio

1. Leer códigos en tiempos de Covid 19. Quien, en medio del confinamiento al que nos ha reducido el orbital imperio del Covid 19, hojee los códigos civiles de España y de los estados de América para hallar en ellos a la peste, contagio o epidemia, la encontrará en dos sedes: sucesoria, a propósito del testamento en caso de epidemia; y de bienes, en el supuesto del usufructo sobre ganados o rebaños.

Si se queda en la primera, advertirá que el testamento en caso de contagio sobrevive sólo en algunos de ellos: en el Código Civil de España (arts. 701-703), en los de Bolivia (art. 1134), Uruguay (art. 811 inc. 2º), Paraguay (art. 2666), Venezuela (art. 865), Panamá (art. 733), Guatemala (art. 971), y Honduras (art. 1014). Está ausente, en cambio, en los decimonónicos de Chile, El Salvador, Ecuador, Nicaragua y Colombia, y en los más recientes de Méjico (federal) y Perú y en el Civil y comercial de Argentina.

Aquellos que lo mantienen, continuaron aferrados a la tradición del derecho común, en la que tenía un consolidado sitio. Aunque nada diré de esto en los párrafos de abajo, su pervivencia en los códigos civiles de Hispanoamérica es una de las tantas influencias del proyecto de Código Civil de España de 1851 y de sus Concordancias del navarro Florencio García Goyena.

Aquellos que rompieron con la tradición del derecho en vigor, deben esa ruptura a Andrés Bello. Como los tiempos de peste son, también, tiempos de ruptura, de esta sí que trataré en los párrafos siguientes.

2. Escribir historia y hacer la historia. Desde París, el 12 de febrero de 1848, Carlos Bello Boyland escribía a su padre Andrés, que: “El 2º tomo de Luis Blanc (que, con la Historia de la conquista del Perú por Prescott, remití a V. en unos cajones de muebles del Gobierno) se lee con grande interés” y, agregaba: “Hay un gran movimiento político en estos momentos, la discusión de l’adresse ha dado lugar a escenas casi revolucionarias” (Obras completas de Andrés Bello, XXVI, Caracas, 1984, p. 163). Carlos, ya en Roma, el 3 de abril de 1848 le decía a su padre: “Dejé París, como dije a V., el 15 de febrero, víspera del acontecimiento que ha asombrado a sus mismos autores, y que parece cambiará la faz del mundo”, y esta vez añadía: “Ya tiene V. a Lamartine y a Luis Blanc haciendo historia en vez de escribirla” (Íd., pp. 164-165). El 8 de mayo siguiente, relataba a su padre algunas de las impresiones de su viaje desde Marsella a Roma y, entre ellas, apuntaba que: “Para llegar a Civita Vecchia se pasa entre el continente y Córcega. Luis Blanc es hijo de esta isla más italiana que francesa” (Íd., p. 167)[1].

Aquel Louis Blanc, no era otro sino el fundador de la Revue du progrès (1838), en la que había publicado en el año siguiente su célebre Organisation du travail (1839), y el que en 1841 había publicado los cuatro tomos de su Révolution Française. Histoire de dix ans 1830-1840, que encarnaban todas las quejas contra la “Monarquía de julio”, y cuyo ardor hacía que en muchas de sus páginas no fuera fácil descubrir la frontera entre el texto histórico y el panfleto. En los días que sucedieron a la salida de Carlos Bello de París, en esa revolución de febrero de 1848 participó activamente Blanc, que fue elegido como uno de los miembros del gobierno provisional de la república, bajo la presidencia del anciano Dupont de l’Eure.

Hacia 1848 a ese Blanc, Bello lo había leído en su Histoire de la Rèvolution française, y ahora lo tenía, en la expresiva frase de su hijo: “haciendo historia en vez de escribirla”. Ciertamente, Blanc ganó su lugar en la historia del socialismo francés de la segunda mitad del XIX, y seguramente nunca supo que, también, lo tuvo en la historia de nuestro derecho de sucesiones: en media América, a su mirada de la miseria humana en tiempos de cólera debemos la eliminación del testamento en caso de epidemia.

3. Continuidad y ruptura. Hacer un código fue, en el siglo XIX, en una de sus orientaciones, un ejercicio constante de elección entre la tradición y el cambio. Andrés Bello en sus trabajos da cuenta constante de esa encrucijada ideológica en la que lo situó su papel de codificador.

Bello estimaba que: “[N]ingún ramo de la legislacion ejerce un influjo más directo y trascendental sobre la dicha y el sosiego de las familias, que las leyes que reglan la materia de sucesiones” (El Araucano, 8.11.1839). Esta convicción, unida a la situación del derecho vigente, le movió a comenzar por este ramo los trabajos de la codificación civil en Chile.

En la sesión de 13 de noviembre de 1840 Bello presentó a la Comisión el título “De la ordenación del testamento”, cuya discusión terminó el 4 de diciembre siguiente, y que fue publicado en El Araucano de 30 de julio de 1841. En él Bello optaba claramente por la continuidad y, así, admitía cuatro “testamentos privilegiados” (art, 23), de los que el cuarto era precisamente: “El testamento otorgado en tiempo de peste”, y le dedicaba tres artículos (42 a 43) para fijar la disciplina del otorgamiento y valor al “testamento en paraje con el cual se hayan cortado las comunicaciones a causa de una enfermedad que se repute contajiosa”. Cuando en noviembre de 1846 se reimprimió aquel título dentro del Libro de la sucesion por causa de muerte, se mantuvo como testamento privilegiado, pero bajo una nueva terminología: “El testamento otorgado en un lugar aflijido a la sazón por una enfermedad contajiosa” (art. 73) y lo regló, ahora en sólo dos artículos (92 y 94).

En un momento posterior, Bello rompió con la continuidad y, así, en el Proyecto de Código Civil impreso en 1853, no se dio cabida al testamento otorgado en lugar azotado por una enfermedad contagiosa, de guisa que los testamentos privilegiados se redujeron a una trilogía: el verbal, el militar y el marítimo (art. 1192). Tal fue la decisión definitiva, y el Código Civil chileno promulgado en 1855 consagró la ruptura y, hasta el día, sólo se admiten los ya referidos tres testamentos privilegiados (art. 1030).

Aquella decisión de Bello, a lomos de su Código Civil, traspasó las fronteras de Chile. Su adopción, en 1859, en El Salvador hizo desaparecer también en esta república el testamento en caso de enfermedad contagiosa (art. 1024 de su Código Civil), y lo mismo ocurrió en Ecuador en 1860 (art 1090 de su Código Civil), en Nicaragua en 1871 (art. 1026 de su Código Civil), y en Colombia en 1873 (ver art. 1087 de su Código Civil). En el derecho de sucesiones de estos cinco países americanos, hasta el día se mantiene el desconocimiento del testamento en caso de epidemia, y a ellos puede sumarse Costa Rica, por influencia indirecta del Código de Bello (art. 586 de su Código Civil), el Código Civil del Perú de 1984 (ver su art. 791), el Código Civil Federal de México (ver su art. 1501), y el reciente Código Civil y Comercial de Argentina ha optado por la ruptura, porque su Código anterior, el de Vélez, sí lo reconocía en su artículo 3689.

4. La lectura de Louis Blanc. Entre 1846, fecha de publicación del proyecto del Libro de la sucesión por causa de muerte, y 1853, fecha de impresión del Proyecto que eliminó el testamento en caso de epidemia, Bello mudó de parecer y optó por la ruptura con la tradición ¿Qué le movió a hacerlo?

Él mismo Bello responde a tal pregunta. Lo hace en nota puesta al último de los artículos del “§ 4. De los testamentos privilejiados” del Proyecto impreso en 1853 (art. 1211): “No se ha dado lugar al testamento menos solemne otorgado en país aflijido por una epidemia contajiosa. Las razones para esta omisión pueden verse en Luis Blanc. Historia de los diez años, tomo 3, páj. 277” (Obras completas, IV, Santiago, 1932, p. 288).

Esa nota coincide temporalmente con la noticia que ofrece la carta de su hijo Carlos, según la cual en 1848 le había enviado el segundo tomo de la Histoire de la Révolution Française de Blanc que, por lo demás, conservó hasta su muerte y así fueron inventariados entre los de su biblioteca (Velleman, Barry, Andrés Bello y sus libros, Caracas, 1995, p. 134).

En el volumen III de su Révolution Française. Histoire de dix ans. 1830-1840, Blanc dedicaba buena parte del capítulo V a tratar de la epidemia de “cólera-morbo” que había azotado París en 1832. Si se va a su cuarta edición parisina, de Pagnerre, en 1844, se hallará aquella página 227, remitida por Bello en su nota, y cuya lectura causó su decisión de acabar con el testamento otorgado en país afligido por una epidemia contagiosa.

La descripción de la epidemia, dantesca y aterradora, prestaba ocasión a Blanc para denunciar los males del régimen político y la miserable condición de los desposeídos y trabajadores. De estos decía, por ejemplo, que cuando se había querido hacerles trabajar durante la noche en las carrozas fúnebres, habían respondido: “Amamos más nuestra vida, que una buena paga”. Recordaba que el duque de Orleans había hecho que se distribuyera a los indigentes, cuatro o cinco mil raciones diarias de arroz y, así, “para muchos pobres, la llegada del cólera había sido casi una bendición”. Con todo, en ese “París sin alma” y donde “el lujo era un insulto a la miseria”, hubo un impetuoso impulso a la filantropía, sobre todo de la iglesia y, reflexionaba Blanc: “Puede ser, también, que crisis semejantes, si no endurecen los corazones, tengan como efecto llamar a la fraternidad de los hombres, recordándoles su igualdad ante la muerte”.

Pero no sólo la fraternidad era hija de la epidemia, ella también dio a luz todo género de ruindades y, entre ellas, las cometidas al amparo de las leyes de la herencia:

“El flagelo parió, además, al mismo tiempo que actos encomiables, acciones viles y odiosas. La pasión por la ganancia se sembró descaradamente en este vasto campo de desolación. Las preparaciones cloradas aumentaron a un precio excesivo. Confiando en la credulidad ordinaria del miedo, los cínicos especuladores comenzaron a abogar por la difusión de remedios insignificantes o dañinos, y este género de robo llegó tan lejos que el gobierno tuvo que reservarse la vigilancia provisional para poner anuncios. Las acciones honorables, que son las únicas que buscan con placer la luz del día, fueron las únicas que se hicieron públicas, pero al interior de las familias es donde se dejaba ver las impurezas y barro que, en una sociedad como la nuestra, puede remover el paso de una epidemia. Porque, los unos se holgaban en voz baja al ver disminuir a una multitud en medio de la cual se sentían sofocados, y tendían esperanzados sus ojos sobre los empleos a lo que hasta entonces habían podido encumbrarse; los otros, dominados por la codicia, cuyo veneno se mezcla a los afectos familiares bajo el imperio de la ley de herencia, extendieron sus manos para lograr una fortuna que codiciaban desde hacía tiempo. Se da por cosa segura que, merced al funesto parecido entre los síntomas del envenenamiento y los del cólera, se cometió en aquellos días más de un crimen, cuyo horror no podía sino perderse en la inmensidad de tal desastre”.

Fue esta descripción de las miserias humanas en tiempo de epidemia, y uno de sus ejemplos favorecido por las leyes de la herencia, la que movió a Bello a eliminar el testamento otorgado en tiempo de contagio. No lo decía expresamente Blanc, pero hubo de entender que la existencia de este género de testamento podía ampliar el campo para la acción de la miseria humana, v. gr. testamentos, ya arrancados por el miedo, ya fingidos o supuestos. Nada podía concebirse más opuesto a la creencia de Bello, referida más atrás, según la cual sobre “la dicha y el sosiego de las familias” ningún ramo de la legislación “ejerce un influjo más directo y trascendental […] que las leyes que reglan la materia de sucesiones”.

A esas ruindades en las que cae la naturaleza humana, algunas de las que poco tiempo después describiría Hugo en Les miserables, las favoreció, según la descripción de Blanc, el abandono que hicieron de París sus gobernantes y los ricos, aunque, reconocía que ni el rey ni su familia habían pensado en buscar refugio del peligro fuera de la ciudad. Mas: “[L]a mayor parte de los ricos huyeron, los diputados huyeron, y los pares de Francia huyeron […] En vano se gritaba a tantos altos funcionarios que su lugar estaba allí donde había tantos infelices a los que calmar y socorrer”. La desesperación embargó al pueblo y sus actos comenzaron a ser presagios de la rebelión: “Así, al verse abandonado, se entregó el pueblo a la más violenta desesperación. Circularon, entonces, furibundas proclamas, y el dolor, mal contenido hasta ese instante, se exhaló en discursos que presagiaban la rebelión. Al huir los ricos, llevaron consigo el trabajo, el pan y la vida del obrero. El cólera o el hambre, tal era la alternativa reservada al pueblo”.

El cólera en París pintado por Blanc, quizá hizo que Bello, a quien el desencanto conquistaba día a día, viera en el testamento en tiempo de epidemia, no sólo ocasión para las miserias humanas y para alterar la paz y sosiego familiar, sino también un factor que podía contribuir a subvertir el orden. Aquel “orden” tan querido suyo, y del que Iván Jaksic tanto nos ha enseñado. Pero es esta, por ahora suposición sólo. Ya habrá tiempo de ocuparse en ella.

[1] En verdad, Louis Blanc había nacido en Madrid, cuando su padre servía en la villa y corte a José I durante el año de 1811.

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