La tesis doctoral y sus cuatro virtudes cardinales

La tesis doctoral y sus cuatro virtudes cardinales

El periodo de elaboración de la tesis doctoral constituye una etapa crucial en la formación del investigador; este período de su vida acabará determinando su especialidad, sentando las bases de su futuro y forjando su personalidad como universitario. A lo largo de los años que he tenido la fortuna de compartir sus inquietudes, he tratado de transmitirles las condiciones que deben cultivar las jóvenes investigadoras y los jóvenes investigadores en este período tan importante. Es más: si tuviera que agruparlas, me atrevería a resumir en cuatro las virtudes cardinales que, en mi opinión, constituyen la brújula que les debe guiar en su elaboración: entusiasmo, humildad, curiosidad y trabajo.

Entusiasmo. No creo que haya nadie que decida iniciar la elaboración de una tesis doctoral sin tener una poderosa razón para hacerlo. La pasión y, por lo tanto, el entusiasmo, es fundamental para el investigador; es como el valor para el militar: se le supone. Decía Edward O. Wilson, el famoso entomólogo, en su libro Cartas a un joven científico, que hay que poner la pasión antes que la preparación. Sería impensable afrontar las dificultades de una investigación sin ir armado de esa energía en una etapa llena de ilusiones y sueños, pero también sembrada de incertidumbres y sinsabores. Por eso hay que ser cuidadoso con los juicios que emitimos sobre la utilidad de los temas objeto de sus respectivas tesis. El entusiasmo en el doctorando es frágil y, por muy bienintencionados que puedan ser, afectan muy negativamente en la estima que, de sí mismo, precisa el investigador.

Humildad. Ortega y Gasset, en su ensayo sobre El silencio, gran brahmán señalaba que la ciencia necesita de colaboración; en que lo sabido por uno se acumula a lo descubierto por otro. Hay que saber reconocer los méritos de los demás, aunque no formen parte de nuestro entorno académico. Se atribuye a Isaac Newton aquella frase que decía que si había podido ver más lejos era sólo porque iba a hombros de gigantes. Esos gigantes vienen siempre de las aportaciones de nuestros predecesores; de nuestros maestros y de los que no lo son. Isaac Newton tenía los suyos; y cada uno de nosotros tenemos los nuestros. Pero, la veneración hacia nuestros gigantes no quiere decir que les atribuyamos el don de la infalibilidad. Precisamente los avances de la ciencia se alcanzan intentando emular a nuestros maestros, pero procurando conseguir metas que ellos no lograron alcanzar. Nuestros objetivos pueden ser modestos, pero no por ello menos importantes; el éxito en la investigación está hecho de sencillos descubrimientos. Que nadie piense que vamos a ser como Arquímedes y salir todos los días del baño gritando ¡Eureka!

Curiosidad. Para ilustrar sobre esta cualidad innata de los seres humanos, Rousseau en su Emilio se planteaba el caso de aquel filósofo que, aunque se quedara en una isla desierta con instrumentos y libros, seguro de pasar sólo el resto de sus días y dispuesto a no preocuparse más del mundo, ni de las leyes que lo gobiernan, no se abstendría, a pesar de ello, de visitar hasta el último rincón de su isla por muy grande que fuera. La curiosidad es para el investigador la clave del éxito; el afán por saber, descubrir y entender las cosas.

Pero la curiosidad implica a su vez abrirse a la vida en todos los ámbitos de nuestra existencia. Recuerdo que el gran constitucionalista Gustavo Zagrebelsky comparaba al científico teórico y especulativo con aquel nadador que avanza con la cabeza siempre en el agua, observando el fondo, que es donde algunos dicen que está el objeto de nuestro estudio. Claro, para no asfixiarse y poder darse cuenta de donde se encuentra, no tiene más remedio que sacar la cabeza al cabo de un par de brazadas para respirar y poder apreciar lo que hay a su alrededor y no perder de vista aquellos factores económicos, sociales, éticos, sin los cuales es imposible examinar las instituciones jurídicas. Así pues, hay que sacar la cabeza de vez en cuando y observar la realidad del mundo que nos rodea.

Trabajo. Creo que, salvo casos excepcionales, hay que desterrar la idea de que en el mundo académico sólo tienen cabida la gente fuera de serie. Sin trabajo no hay tesis. Eso exige horas de esfuerzo. Para ilustrar este fenómeno suelo referirme a la respuesta que Ingmar Bergman, el famoso director de cine, le dio a un periodista que insinuaba de manera impertinente lo fácil que para una persona como él debía ser hacer películas: «¿Sabe usted lo que es hacer cine?: Pues ocho horas de duro trabajo cada día para obtener tres minutos de película. Y durante esas ocho horas habrá, si tienes suerte, sólo diez o doce minutos de verdadera creación. Y tal vez ni los haya. Entonces tienes que prepararte para otras ocho horas y rezar por si esta vez sí lleguen tus diez minutos buenos».

El proceso de formación del universitario es lento y paulatino. Requiere tiempo; mucho tiempo. Una tesis doctoral es como enfrentarse a una gran pieza de mármol de la que hay que obtener una figura. La paciencia y la constancia son fundamentales desde los primeros intentos que, como sabemos, únicamente van dirigidos a desbrozar; con el tiempo la figura va tomando forma y empiezan a identificarse brazos, manos y el rostro para terminar rematando con el cincel y pulir lo que haga falta.

¡No es fácil el oficio de doctorando! Es una profesión en la que se sufre mucho. Hay que tener en cuenta que hoy los estudios de doctorado no tienen por objetivo exclusivo la elaboración de la tesis doctoral, sino la adquisición de las competencias propias de un auténtico investigador. Es como esa piedra que, con el paso de los años, se va cubriendo de nácar y solo alcanza su plenitud al alcanzar cierta madurez. La tesis es el inicio; en realidad sirve sobre todo para la formación en una determinada disciplina y no para que uno acabe consagrado científicamente como experto en un único tema.

El papel de las directoras y directores de las tesis doctorales es esencial. No sólo son quienes proporcionan las cartas de navegación que les auxilian para adentrarse en lo desconocido, sino que juegan un papel fundamental en relación a su estado emocional. Por eso sugiero a las directoras y directores que administren a sus estudiantes de doctorado el mismo remedio que el famoso oftalmólogo asturiano Luis Fernández-Vega recomendaba a los médicos en su trato con sus pacientes y que, según parece, había inventado su abuelo. La llamaba la «cicacoa», un compuesto basado en ciencia, cariño, comprensión y ánimo. No precisa receta, carece de contraindicaciones y hay que administrarla en las dosis que se consideren más necesarias en función de las circunstancias.

En fin, tal como las enunció Cicerón, como sus homólogas, aunque unidas y entrelazadas entre sí, cada una de estas virtudes tienen una mutua dependencia y generan a su vez sus propias reglas de conducta: ¡La cuestión es descubrirlas!

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