Imperios y armarios

Imperios y armarios

La reciente lectura de este recomendable estado de la cuestióna propósito del denominado «giro imperial» en la historia del derecho internacional me llevó a conectar dos cosas distintas, pero a la vez relacionadas con el contenido del artículo y, en términos generales, con la función social que puede tener la investigación de un jurista o historiador que se interesa por esta subdisciplina desde un punto de vista académico.

En primer lugar, recordé unas palabras que enunciaba Fred Rosen en los primeros compases del libro sobre las relaciones hemisféricas en Américaque coordinó hace ya una década, y que contaba con historiadores como Alan Knight o Carlos Marichal. Decía Rosen que el estudio del imperialismo en Estados Unidos había estado marginado durante décadas, dado que era visto como una especie de «exceso académico de la vieja izquierda». Lo curioso, continuaba, era que quienes habían rescatado la idea eran precisamente quienes, en el contexto posterior al 11 de septiembre, proponían que Estados Unidos recuperase las ideas de misión imperial –o, por decirlo en los términos eufemísticos del momento, global– olvidadas tras el fin de la historia. Los círculos que jalearon estos planteamientos celebraban, según cita textual de uno de los ideólogos, «su salida del armario».

En segundo lugar, esto me llevó, aún con todas las distancias que existen entre los dos escenarios, a pensar en el amplio repunte que está teniendo una salida del armario en términos similares en España durante los últimos años, no solamente en términos de best-sellerscon más o menos apariencia académica, sino también en otro tipo de manifestaciones como discursos de cargos políticos o recuperación de simbología. Esto es ciertamente llamativo, dado que España no es, como Estados Unidos, un reciente imperio informal que pueda tratar de repensarse a sí mismo en la era del soft power, sino más bien un país que solo puede remontarse a un imperio tan lejano del que es imposible proclamarse heredero.

Precisamente por razones como estas se hace necesario, dentro de la historiografía y de la historiografía jurídica en particular, ese «giro imperial» académico. La explosión de estudios que se ocupan de abordar las experiencias de los imperios desde una perspectiva rigurosa, liderada especialmente en los últimos años por centros de investigación radicados en Alemania y Finlandia, nos ofrece un contrapunto interesante. Por un lado, nos ayuda a entender aquellas partes del derecho internacional que no provienen solamente de una concepción más o menos cosmopolita de las relaciones entre los Estados, sino que, en buena medida, son producto de la expansión territorial y sus consecuencias. Por otro lado, también nos hace comprender que las organizaciones internacionales del siglo XX fueron creadas por imperios, con todas las consecuencias que ello conlleva –como dice agudamente Bartolomé Clavero en el último número de los Quaderni, «el famoso momento wilsoniano debiera ser el momento smutsiano»–. Finalmente, nos acerca a las periferias de estos imperios y al conflicto que genera el llamado «encuentro colonial», a saber: tratados desiguales, problemas en términos de definición de la soberanía o desintegración de tradiciones jurídicas, entre otros muchos fenómenos. Este último paso seguramente sea el más difícil de ejecutar de los tres, porque implica acercarse a periferias «complejas» desde nuestro punto de vista cultural, en línea con lo que vienen décadas haciendo los partidarios de los estudios subalternos o poscoloniales. Pero es el único que nos permite evitar que, como mencionaba antes, lo globalse acabe convirtiendo en un eufemismo.

Cierto es que la idea de «giro imperial» como tal, aunque ya ampliamente usada, es algo problemática. El propio concepto de «imperio», como nos recuerda Antonio Annino, es un concepto un tanto elusivo, que utilizamos por comodidad y que, en todo caso, es útil en una perspectiva comparada y diacrónica. No digamos los reparos que puede generar la palabra «giro»: el giro imperial se encuadraría a su vez dentro del ya de por sí «giro histórico» del derecho internacional, y no está claro hasta qué punto tiene un carácter verdaderamente rupturista o responde a la mera necesidad de renovar eslóganes. Dicho de otra forma, bien podríamos hablar de este objeto como «el estudio de los imperios dentro de la historia del derecho internacional».

Y cierto es también que esa búsqueda de la novedad en un campo académico como este puede sepultar aportes muy valiosos ajenos al circuito de las últimas etiquetas pegadizas. Por citar un claro caso, mencionado precisamente en la primera edición del MIJ por António Manuel Hespanha, la amplia literatura sobre pluralismo jurídico en el marco imperial que se ha desarrollado en inglés en los últimos años se caracteriza por una falta sistemática de diálogo con las fuentes que llevan décadas abordando el mismo fenómeno de una manera solvente en otros idiomas y en relación con otros contextos.

Con todo, lo que está claro es que cultivar este tipo de enfoques metodológicos, aun desde el minúsculo aporte que pueda ofrecer a la sociedad un jurista o un historiador cualquiera hoy en día, nos recuerda –y recordará a aquel quien nos quiera leer– lo complejo que resulta acercarnos a un pasado tan remoto y dispar como el de grandes imperios como el británico o el hispánico, y por tanto nuestra incapacidad para venerarlos u odiarlos.

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