¿Se fue Orestes de rositas? (A propósito de la llamada justicia restaurativa)

¿Se fue Orestes de rositas? (A propósito de la llamada justicia restaurativa)

I.  Los hechos según Eurípides

Cuenta Eurípides en su tragedia Orestes que tras la muerte de su padre a manos de su madre Clitemnestra y de su amante, Orestes, inducido por Apolo, acaba dando muerte a los asesinos de su padre; sólo le queda el consuelo de su hermana, Electra, cómplice del crimen, y la de su gran amigo Pílades, que también participó en los hechos. Orestes pide la comprensión de su tío, Menelao, cuando regresa de Troya. El pueblo, no obstante, decide condenarlos a morir lapidados.

Aunque en vano, Orestes trató de justificar su crimen pretextando la infidelidad de su madre, consiguió al menos que se le permitiera terminar con su vida por sí mismo en lugar de ser entregado a manos del pueblo que esperaba ansioso hacer justicia. Sin embargo, Orestes se rehace de su situación de postración en la que había estado sumido y reacciona intentando vengarse de su tío Menelao, a quien culpa de no haber hecho nada para evitar su condena.

Orestes y su hermana Electra planean entonces matar a la bella mujer de Menelao, Helena. Para precaverse frente a su eventual reacción, no se les ocurre otra cosa que secuestrar a su hija Hermione para que les sirva de rehén y asesinarla en el caso de que actúe contra ellos. Menelao, sabedor de lo ocurrido, decide ir en busca de Orestes, que en ese momento se encuentra en compañía de Pílades y de su hermana Electra. Menelao, se entera aliviado de que Helena se encuentra a salvo, pero suplica a Orestes que deje en paz a su hija Hermione, ante lo cual Orestes a cambio le pide que convenza al pueblo y anule la sentencia de muerte.

II.    La decisión tras la mediación de Apolo

Según la versión Eurípides, la aparición de Apolo es decisiva para poner fin al conflicto cuando ya Orestes estaba dispuesto a prender fuego al lugar; en primer lugar, para tranquilizar a Menelao, a quien le comunica que su mujer, Helena, se encuentra sana y salva gracias a la intervención de Zeus, que le ha pedido que se quede en el Olimpo junto al resto de los dioses para proteger a los navegantes y marinos náufragos. También ordena a Menelao que se busque otra compañera, ya que la belleza de su mujer no ha sido más que fuente de conflictos entre griegos y troyanos.

Así mismo, Apolo dicta una orden de alejamiento frente a Orestes y le condena a purificarse durante un año desterrado en un lugar alejado de su entorno; luego le manda que viaje a Atenas y confiese a las Erinias (Furias en la mitología romana) el asesinato de su madre y les suplique su perdón. También le pide que contraiga matrimonio con Hermione y que Pílades se case con Electra. Finalmente, pide a Menelao que deje a Orestes gobernar en Argos mientras él reina en Esparta.

III.      Comentario: mediación, sí; y justicia para todos

Como puede apreciarse, la mediación de Apolo constituye un buen ejemplo de una justicia restaurativa, en la que nadie gana ni se impone ley alguna, pero que sirve para arreglar la desavenencia que el odio, los celos y la ambición han provocado en la familia de Orestes. Lo que nos sugiere la llamada justicia restaurativa o reparadora. No es tarea fácil delimitar los contornos de lo que cabe entender por justicia restaurativa; es más sencillo decir lo que no es. Quizás intuitivamente uno pueda entender que su objeto sea lograr reparar los efectos que el mal ha causado mediante una solución obtenida por un cauce diferente al que ofrece la justicia jurisdiccional, pues no en vano lo que caracteriza a la justicia restaurativa es que opera a orillas de la justicia estatal.

La propuesta encuentra su fundamento en la idea de que la justicia que ofrecen los poderes públicos responde a una concepción eminentemente retributiva de la sanción penal, algo que no deja apenas margen a otro tipo de soluciones mucho menos invasivas y que en sí mismas incorporaran un elemento incompatible con lo que uno espera que debe proporcionar la justicia que proviene de los poderes públicos.

Como es sabido, en la mayoría de los supuestos, la llamada justicia restaurativa se basa en el perdón o en el encuentro entre la víctima y su agresor. El perdón se asienta en el arrepentimiento, que lógicamente presupone la culpa, y en la voluntad de reparar el mal causado; desde el punto de vista procesal, el perdón permite excluir cualquier otra actividad dirigida a la búsqueda de la verdad, de manera que reduce los efectos perversos que provoca el esfuerzo por obtenerla; en otros casos, es la búsqueda del diálogo que conduzca a la comprensión mutua, el elemento determinante de este tipo de soluciones. Pero sería exagerado afirmar, como la ha definido el Presidente del Consejo General del Poder Judicial, que la mediación, es una forma de justicia económica, eficaz y rápida.

Así pues, debemos pues preguntarnos qué tipo de justicia queremos, si la justicia del juez o la mediación de Apolo. La pregunta puede que a algunos les resulte demasiado obvia como para formulársela en estos términos. En la mayoría de los países la solución pasa por confiar democráticamente la decisión a los ciudadanos, y que sean ellos quienes por sí mismos definan, a través de sus representantes libremente elegidos, este tipo de criterios.

En un Estado de Derecho, la justicia restaurativa no puede sustituir a la justicia oficial, aunque haya quien esté dispuesto a pretenderlo; sin embargo, es evidente que es posible encontrar manifestaciones de este tipo de soluciones especialmente en cierto tipo de delitos que venga a aliviar el rigor formal del proceso jurisdiccional. En definitiva, una justicia penal será más a menos restaurativa en función de número de medidas que disponga con este fin. En este sentido, el hecho de que en este tipo de movimientos se aprecie más en los países de larga tradición legalista, indica, entre otros aspectos, que la justicia penal, tal como la concebimos, puede que tenga enormes carencias; de ahí la necesidad de introducir medidas que sirvan para paliar ese rigor formal que el proceso causa entre los intervinientes que son objeto de la justicia penal.

En este caso, la ley es el resultado de la expresión de la voluntad de la mayoría mediante la cual, como señalada Calamandrei, el Estado, en lugar de formular el derecho caso por caso cada vez que se produce un conflicto, prefiere establecer anticipadamente una solución para todos los casos que se presenten a través de una norma general; será posteriormente el juez quien, en un segundo momento, comprobada la coincidencia entre la hipótesis contenida en la norma abstracta y el hecho enjuiciado, adopte la decisión que legalmente corresponda.

¿Y qué decir de la decisión de Apolo? Pues es claramente distinta, pero no por ello menos eficaz. En realidad, responde al paradigma de la justicia restaurativa y tiene por finalidad dar una respuesta ante una situación muy concreta que se desarrolla en el ámbito familiar y donde la venganza se sitúa en el foco y origen del conflicto.

Pero para mucha gente, y no digamos a las víctimas, no les basta con que el juez ofrezca una sentencia cualquiera con tal de que sirva para poner fin a la controversia; el carácter público del proceso, aun permitiendo que sean la partes cierto margen de disposición sobre el tratamiento de los hechos, no alcanza a la aplicación de la norma, que es absolutamente indisponible, lo cual no quiere decir que ambas decisiones no puedan resultar coincidentes, en la medida en que el criterio legal propuesto por el Estado se identifique con el criterio de propuesto por el mediador y sea mutuamente aceptado por los sujetos interesados en poner fin al conflicto.

No vaya a ser que ocurra como relata Esquilo en Las Euménides, que las Erinias, como promotoras de la acción de la justicia y en defensa de la legalidad, consideraron que, a pesar de la mediación de Apolo, Orestes se había ido de rositas tras la mediación de Apolo y no cesaron de perseguirlo hasta la locura, razón por la que se decidió constituir el tribunal del Areópago para que fueran los ciudadanos los que impartieran justicia.

Como sabemos, el tribunal decidió no obstante absolverlo gracias a la intervención de Atenea, quien hizo uso de su voto de calidad para deshacer el empate entre los miembros del jurado y disculpó la conducta de Orestes con un argumento que hoy no resistiría el menor análisis desde el punto de vista de la perspectiva de la igualdad de género, al sostener que la acción de Clitemnestra, asesinando a su marido, y el de Orestes, vengando la muerte de su padre, no eran equiparables, ya que un asesinato estaba más justificado que el otro.

El Estado ha confiado a los tribunales de justicia el poder para decidir las controversias de una vez y para siempre y con ello crear las condiciones para asegurar la pacífica convivencia y conferir seguridad jurídica a las relaciones entre los ciudadanos de manera que, de momento, el proceso sigue siendo el mejor antídoto contra las devastadoras consecuencias que el rencor y la venganza ocasionan a la hora de responder al mal.

Y, aun así, es normal que no todo el mundo esté conforme con las sentencias dictadas por los tribunales de justicia, como sucedió en este caso, que a pesar de que la mayoría de las Erinias aceptaron la decisión de perdonar a Orestes a cambio de favores celestiales, no todas aceptaron el veredicto, hasta el punto de que varias de ellas decidieron seguir hostigando a Orestes para que pagara con su vida el precio de su delito.

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Imagen: Orestes perseguido por las Furias. William-Adolphe Bouguereau.

4 Comentarios

  1. Luis Macía 2 años hace

    Estupenda aproximación a un problema eterno, el de las consecuencias de la venganza, del tomarse la justicia por propia mano, tomando como modelo el paradigma clásico de Orestes. Evidentemente, la solución que ofrecen Eurípides y Esquilo es insuficiente desde un punto de vista moderno: la justificación que propone Atenea, por ejemplo, es impresentable en este momento (debería haberlo sido siempre); pero PARA SU ÉPOCA suponen un claro avance respecto al ojo por ojo y diente por diente. Es preciso evitar aplicar parámetros de tal o cual época a los tal o cual otra.
    En todo caso, buen trabajo.

  2. Cecilia 2 años hace

    Espléndido artículo, que ofrece una solución universal a problemas igualmente universales. Recordemos que la Justicia es representada simbólicamente como una mujer con los ojos tapados, que porta en una mano la balanza de la igualdad con que Justicia trata a todos, y en la otra una espada, necesaria para imponer sus decisiones.
    El juicio de Orestes rompe la cadena de venganzas privadas, e instaura la justicia ejercida por un tribunal público, objetivo, justo y con poder coercitivo. Nada como volver los ojos a la historia para recobrar el sentido común, muchas veces perdido en el camino. Me ha gustado mucho. Enhorabuena.

  3. Pedro Álvarez Sánchez de Movellán 2 años hace

    Muchas gracias por el interesantísimo y entretenido artículo. Tejiendo, como Penélope, un brillante razonamiento, entre la mitología griega y los clásicos del Derecho Procesal. Cuantas dudas sobre la llamada justicia restaurativa. Y cuanta historia que avala al proceso…

  4. Pedro Álvarez Sánchez de Movellán 2 años hace

    Muchas gracias por el interesantísimo y entretenido artículo. Tejiendo, como Penélope, un razonamiento entre la mitología griega y los clásicos del Derecho Procesal. Cuántas dudas sobre la llamada justicia restaurativa. Y cuanta historia que avala al proceso…

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