Análisis contextuales para superar la aplicación masculina de la legítima defensa: la reivindicación del Tribunal Supremo

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Análisis contextuales para superar la aplicación masculina de la legítima defensa: la reivindicación del Tribunal Supremo

La legítima defensa es quizás la causa de ausencia de responsabilidad penal, por vía de justificación, más conocida, tanto en el mundo jurídico continental, como en el anglo-norteamericano (self defense). Hay un acuerdo unánime respecto a sus requisitos de configuración; se requiere que se esté en sede de una agresión actual en contra de un bien jurídico propio o de un tercero, que la reacción defensiva sea necesaria, que quien actúa de manera defensiva no haya provocado la agresión en su contra y que lo haya movido un ánimo de defenderse. Parece entonces que es relativamente simple dilucidar cuándo se configura la legítima defensa, cuándo se está en sede de un exceso, cuándo se configura una eximente incompleta (por faltar alguno de los requisitos no esenciales de la causa de justificación) y cuándo no concurre. Sin embargo, hay supuestos de hecho difíciles que ponen en jaque a aquellos que deben aplicar la ley.

Ello sucede en los casos de las mujeres víctimas de violencia doméstica que se defienden de sus agresores. Estos casos se podrían dividir en dos grupos: aquellos en los que la acción defensiva se ejerce cuando el agresor está distraído o dormido (situaciones sin confrontación) y aquellos en los que, existiendo confrontación, hay dudas sobre la actualidad de la agresión, la necesidad de la acción defensiva o la proporcionalidad de esta.

Respecto al primer grupo de casos se alega, en términos generales, que no hay legítima defensa porque la agresión no es actual, precisamente porque no hay confrontación. Frente al segundo grupo de casos se alega que la agresión ya había cesado en el momento en que se ejerció la acción defensiva, porque se dio, por ejemplo, un breve receso entre la primera y la segunda; o, que existiendo una agresión actual la acción defensiva resultaba innecesaria porque la víctima podía haberse ido de la casa, llamar a la policía etc., o que, si bien la acción defensiva era necesaria, el medio utilizado fue excesivo, en términos de proporcionalidad, con respecto a la agresión sufrida. Lo anterior, porque en estos casos las mujeres suelen defenderse de agresiones realizadas “con las manos”, utilizando armas u objetos cortopunzantes o, porque el hecho de utilizar este tipo de armas resulta excesivo per se.

Existen, en la jurisprudencia del Tribunal Supremo, varias sentencias que ilustran la negativa de aplicar la eximente completa de legítima defensa en casos de mujeres maltratadas que se defienden de sus agresores, con base en la desproporción del medio defensivo utilizado.

Así, en primer lugar, encontramos la Sentencia del 14 de marzo de 1997 (STS 1857/1997). En este caso la acusada, víctima de constantes agresiones, se dirigió a la casa de su ex pareja para recoger unos documentos suyos y de su hija. Una vez solos en el portal de la mencionada residencia, la acusada se negó a subir al piso por los papeles, porque tenía miedo a ser agredida nuevamente. Ante esta situación, la ex pareja de la acusada la golpeó y la empujó, la tiró al suelo y la agarró del cabello, en ese momento la acusada sacó una navaja que llevaba consigo y la clavó en el vientre de su ex pareja, causándole serias lesiones, pero no la muerte. El Tribunal Supremo consideró adecuada la decisión de instancia relativa a condenar a la acusada por delito de homicidio frustrado atenuado por la configuración de la eximente incompleta de legítima defensa, basada en un exceso intensivo. Según el Tribunal Supremo, la respuesta defensiva fue excesiva y no era necesaria ya que “las agresiones que recibió fueron simples golpes propinados con la mano, sin instrumento alguno, y que, por el contrario, la acusada optó por usar una navaja, medio en si mismo ciertamente peligroso y apto para quitar la vida un tercero, y no sólo lo utiliza efectivamente sino que emplea aquélla con ánimo de matar a su agresor dado el concreto empleo de dicho medio, la intensidad, dirección y profundidad del golpe inferido, y los órganos vitales afectados. Pareciendo, pues, claro que la respuesta defensiva y en la forma en que se produjo, fue excesiva y no era necesaria ni menos aun indispensable para repeler la precedente agresión; exceso intensivo que excluye la justificación aunque no es óbice para apreciar la eximente incompleta”.

En este caso se fundamentó la existencia del un exceso en la acción defensiva (ausencia de necesidad racional) en el hecho de que la acusada utilizó un arma blanca, para defenderse de agresiones realizadas con las manos del atacante.

Ahora bien, en segundo lugar está la Sentencia del Tribunal Supremo del 12 de junio de 1991 (STS 3153/1991), en la que se negó la existencia de una legítima defensa porque no se dio el requisito de la necesidad de la defensa, en concreto, de la necesidad racional del medio utilizado para ésta. En este caso el marido de la acusada, durtante una fuerte discusion, sacó una navaja para matarla, forcejaron y ella le arrebató el arma y le propinó varias puñaladas que le produjeron graves lesiones corporales. El Tribunal de instancia la condenó por un delito de parricidio frustrado, basando la existencia del dolo de matar en el medio usado para lesionar (la navaja). De igual manera, el Tribunal Supremo afirmó la inexistencia de la necesidad racional del medio empleado, argumentando que en el momento en que la procesada le arrebató la navaja al marido, ya no había un peligro para ella. Respecto a lo anterior, el Tribunal recordó que “no cabe olvidar que entre la agresión y la defensa debe existir unidad de acto, ya que si la agresión ha pasado, la reacción deja de ser defensa para convetirse en venganza”.

El Tribunal, en esta situación específica, no reconoció la concurrencia de una legítima defensa completa  por dos razones. En primer lugar, a los ojos del Tribunal Supremo, hubo un exceso en la acción defensiva cuya existencia basó en el medio utilazado. En segundo lugar, según el ente juzgador, la agresión ya no era actual, porque en el momento en el que ella tomó la navaja, cesó la agresión en su contra.

Los casos expuestos ilustran cómo se realiza una interpetación incorrecta del requisito de neccesidad racional del medio empleado propio de la figura de la legítima defensa,  que impide su aplicación en los casos de mujeres maltratadas que se defienden de sus agresores. Esta incorrecta interpretación puede encontrar su fundamento en distinatas razones, pero en estos casos, lo encuentra en que, si bien las normas están redactadas de manera neutra, su aplicación se hace con un rasero masculino; es decir, quien aplica las normas tiene en la cabeza una situación fáctica en la que concurre la legítima defensa, que está mediada por las construcciones sociales patriarcales. Así, si un hombre se defiende de otro que lo ataca, de igual fuerza y tamaño, en igualdad de armas, habría una legítima defensa, mientras que esta se niega cuando una mujer maltratada utiliza una navaja, para defenderse de un hombre que la agrede con los puños, toda vez que, a los ojos de quien aplica la ley, no hay “igualdad de armas”, como sucedió en el primer caso expuesto. O que simplemente el hecho de utilizar un arma cortopunzante, resulta desproporcionado.

Esta aplicación masculina del Derecho es el resultado de, como se dijo anteriormente, las construcciones sociales de un sistema patriarcal, pero además, del hecho de que no se realizan análisis contextuales a la hora de aplicar la ley en general, y la legítima defensa en particular. Así, por ejemplo, si se tiene en cuenta que, en ocasiones, una mujer agredida no se va a poder defender a los puños de su agresor, sino que, por el contexto mismo de la relación de maltrato y de la diferencia de fuerza existente, requiere utilizar un arma, la eximente de legítima defensa podría tener cabida toda vez que la reacción defensiva fue necesaria en el contexto en el que los hechos tuvieron lugar.

Y ello es lo que, de manera sorpresiva, pero positiva, hace el Tribunal Supremo en su reciente sentencia del 8 de enero de 2019 (STS 22/2019). La noche del 14 al 15 de septiembre de 2013 Gumersindo golpeó a Penelópe, la lanzó al suelo, la tiró del cabello, le aprisionó la cabeza con la rodilla, le mordió la oreja derecha, le puso un cuchillo de cocina en el cuello, mientras la amenzaba de muerte y le decía que seguramente la iba a violar. Penelope, aprovechando que Gumersindo dejó el cuchillo por un momento, lo tomó y se lo clavó en el torax.

La audiencia de instancia condenó a Penelope por el delito de lesiones con uso de instrumento peligroso, concurriendo la eximente incompleta de legítima defensa, por existir una desproporción en la acción defensiva. Ello reafirma la jurisrudencia del Tribunal Supremo, que fue brevemente expuesta anteriormente.

Sin embargo, a los ojos del Tribunal, en este caso, La necesidad racional del medio ha de ser medida no como en un laboratorio, sino in casu, situándonos en la posición del agredido y contando con todas las circunstancias (alternativas, situación, posibilidades). Aquí exigir de la víctima, de menor fortaleza física que el agresor, arrojada al suelo y anulada por Gumersindo, otro medio de defensa que el que se le presentó cuando se percató de que el cuchillo que había tenido situado en el cuello fue soltado por el agresor, no parece ponderado. No es sencillo imaginar otra acción defensiva idónea”.

Si regresamos a los hechos probados de los casos anteriormente expuestos, podríamos decir que no difieren mucho de los que ocuparon al Tribunal en la Sentencia de 2019. Entonces, ¿por qué en los primeros casos se niega la legítima defensa por exceso en la reacción defensiva por el medio utilizado (desporporción de la acción defensiva frente a la agresión) y en esta se reconoce la eximente?

La respuesta está en el hecho de que en este último caso el Tribunal Supremo realiza un análisis contextual, siguiendo la línea arriba propuesta. El Tribunal pone de manifiesto cómo la necesidad de la acción defensiva debe evaluarse caso a caso, teniendo en cuenta las circustancias de cada situación, dejando de lado esa idea relativa a que para establecer  la racionalidad de la acción defensiva, deben primar módulos objetivos, como la paridad entre el bien jurídico que se tutela y el afectado por la reacción defensiva, la proporcionalidad del medio o instrumento utilizado, empleo o uso que del mismo se hubiese realizado, entre otros. (Sentencia del Tribunal Supremo del 14 de marzo de 1997 – 1857/1997)

A través de la Sentencia del 8 de enero de 2019 (STS 22/2019), el Tribunal Supremo, no solo parece entender de manera correcta el contenido de algunos de los requisitos de configuración de la legítima defensa, sino que al realizar análisis en el contexto, hace que la aplicación del Derecho respete el principio de igualdad (material) y, como es evidente, supere el problema de la aplicación masculina en casos como los que acá nos ocuparon. Ello es un paso en dirección a esa reivindicación necesaria del Derecho con las mujeres, quienes, como bien afirma Catharine Mackinnon, han sido vistas y tratadas por este, como los hombres las han visto y las han tratado a lo largo de la historia.

1 Comentario

  1. Yuri Alexander Romaña Rivas 2 años hace

    Muy buen artículo. Muy ilustrativo de la necesidad de que los hombres que imparten justicia sean educados sobre la necesidad de comprender el contexto de subordinación de género al que han sido sometidas las mujeres históricamente, y, en razón de ello, la aplicación del derecho debe tener en cuenta dichos aspectos de contexto. Este tipo de interpretaciones del derecho también devela la necesidad de mayor presencia de las mujeres, con sensibilidad de género, en el poder judicial.

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