El bodegón inquietante

El bodegón inquietante

He leído recientemente que la Universidad de Cambridge ha retirado de su comedor un bodegón del siglo XVII en el que se representaban aves y carnes de diverso tipo por atentar contra la sensibilidad de un grupo de estudiantes vegetarianos. Recordé en ese momento haber leído también que en la Escuela de Estudios africanos y orientales de la Universidad de Londres habían solicitado que se suprimiera de su programa a Platón, Descartes y Kant, entre otros autores célebres, por “blancos, racistas y colonialistas”.

Noticias como estas, que ya desde hace algún tiempo proliferan, dan que pensar. La cuestión es que el valor de esas obras reside justamente en que no comparten nuestros valores. Es decir, valen en tanto que nos hablan de otros valores, los de los otros que fueron o los de los otros que fuimos, como se prefiera verlo. En eso radica la importancia esencial de las producciones pasadas: en su ajenidad. Lo extraño que ponen de manifiesto nos enseña que hubo otras comprensiones distintas y posibles del mundo; que, por lo tanto, la nuestra es tan solo una de las opciones de entre todas las potenciales en las que podía haber desembocado; y que, en consecuencia, nuestra realidad es contingente y, por ende, modificable: ni lo peor de nuestra sociedad tiene que ser naturalmente así ni lo mejor de nuestra sociedad lo tenemos asegurado porque sí.

Pero las implicaciones van mucho más allá. Solo desde lo ajeno (y desde luego todo lo pasado lo es), y entendiendo cómo se armó la estructura en la que se integraba y cuáles eran las claves de su funcionamiento, podemos tener la posibilidad de comprender los conceptos, las dinámicas y las dimensiones de nuestro presente. Esa diferencia, si sabemos detectarla, que esa es otra, es la que nos dice, desde fuera de nuestro entorno conocido, a qué mecanismos responde lo que tenemos, o qué entramados hay que desmantelar para que lo perdamos, porque así sucedió (o no sucedió) en el pasado. Pero si de todo lo que nos ha precedido solo nos parece rescatable y digno de ser recordado aquello que nos resulta admisible por estar en sintonía con nuestros valores presentes y grupales, las más de las veces de colectivos  que sólo nos representan a nosotros, y no a una unidad política significativa ni a la ciudadanía en su conjunto, lo único a lo que podemos aspirar es a reafirmarnos en nuestra pequeña y reduccionista –aunque sin duda más manejable– perspectiva de las cosas. Y si, para colmo, le imponemos al pasado la censura de nuestra visión contingente del mundo, pensando, impositivamente, que es la única buena, verdadera, válida y valiosa, nuestra pequeñez devendrá ridículamente minúscula.

La Historia del Derecho ha tenido tradicionalmente fácil justificar su papel en la conformación del pensamiento coetáneo. Cuando había que construir Estados nacionales el papel del historiador del Derecho era indiscutible para inventar la historia legitimante de una nación. Desde que la cosa está, en términos generales, hace ya bastantes décadas superada (salvo en aquellos ámbitos en los que hoy en día se siente que hay que seguir haciéndolo), tiene el iushistoriador que justificarse ante los futuros juristas tratando de explicar que no todas, pero que alguna clase de historia jurídica sí le sirve para entender el Derecho como fenómeno cultural desde fuera de la comprensión referencial que su propia institución le ofrece.

Yo me encuentro desde hace años en ese estadio de embarazoso ejercicio de autojustificación. Pero de un tiempo a esta parte creo que la desbordante realidad de las reivindicaciones impositivas le ha dotado a la Historia, también a la del Derecho, de un papel más que esencial en nuestra sociedad. Ahora más que nunca es el único instrumento intelectual que nos sirve para algo tan obvio que a veces ni se formula: historificar.

Historificar conlleva no cancelar imperativamente el pasado que no nos cuadra con nuestros parámetros, sino saber explicarlo para entender qué hizo que se produjera y qué haría, por tanto, que no se reprodujera.

Historificar significa contextualizar, relativizar, entender las cosas en su propio contexto, no desde el nuestro, y no sacar las nuestras de contexto extendiéndolas como clave interpretativa a realidades que no le corresponden.

Historificar implica convertir la infinita sensibilidad que tenemos para ofendernos en capacidad para estudiar lo diverso, lo variopinto, lo exótico y poder explicarnos por qué lo es.

Historificar supone, en definitiva, desvelar las implicaciones de una historia blanca, racista y colonialista para desentrañarlas, desmontarlas y sustituirlas por otras pautas que incorporen la diversidad. Pero para eso hay que conocer primero, y lo mejor posible, esa historia blanca, racista y colonialista y, sobre todo, no reproducirla y perpetuarla condenando al olvido a nuestros bárbaros antepasados por no haber abrazado el veganismo.

2 Comentarios

  1. Joaquin Noval 11 meses hace

    Magnífica exposición. Se está imponiendo en nuestra sociedad la «norma» de interpretar el pasado conforme a los criterios del presente y eso es IMPOSIBLE y contraproducente. El papel de la Historia (y de los historiadores de verdad) es esencial y políticas «buenistas» como esta de los británicos causa un gran daño. En fin, gracias por escribirlo. Un saludo

  2. Autor
    Julia Solla 11 meses hace

    Muchas gracias, Joaquín. El fenómeno se produce por doquier y, me temo, se va imponiendo cada vez más.
    Estoy totalmente de acuerdo contigo: el pasado no habla de nosotros, por mucho que nos empeñemos en que así sea, sino que nos habla de sí mismo. Por eso las expresiones culturales que saben dar buena cuenta, porque lo comprenden y lo representan, del universo al que pertenecen y que a nosotros nos resultaría inaccesible si no fuera por ellas, son tan valiosas.
    Como queramos que todo lo que nos precede reproduzca lo nuestro conocido para sentirnos más reconfortados y menos amenazados, y si no nos gusta, lo desterramos porque nos incomoda, nuestro conocimiento está condenado a convertirse en un monólogo contemporáneo cerrado, pobre, sin imaginación, opresivo, reduccionista, monocromático, improductivo y, sobre todo, ¡aburridísimo! ;-).

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