Las presas del balcón

Las presas del balcón

Como dice Antílopez, en estos días, mientas “se me viene la casa encima”, “el comedor está a dos velas” pero “al balcón no se le pueden tocas las palmas porque la calle se viene arriba”. Asumiendo dicho riesgo, o esperando que ello suceda, escribo esta entrada desde mi balcón. Un balcón que nunca había estado ni tan transitado ni tan limpio. Un espacio de la casa que antes era despreciado (¿quién quiere estos dos metros cuadrados en los que no cabe más que una silla pequeña?) y que durante estos meses se ha convertido en mi centro de operaciones. Observo a mis vecinos, y creo que su situación es similar. Las plantas, que antes ocupaban los balcones, ahora están sufriendo la penumbra hogareña, mientras que ese espacio lo han ganado sillas, mesas, cojines, juegos de niñas… Necesitamos un poco de aire en este encierro.

Probablemente, si preguntáramos a muchas de mis vecinas, sin embargo, no relacionarían su experiencia de estas semanas con la vivencia de cualquier persona sometida a una pena privativa de libertad. Algunas de ellas, además, dirían que nuestro sistema penal es blando, que las personas que cometen delitos “entran por una puerta de la comisaría/prisión y salen por otra”, que las penas de prisión no se cumplen efectivamente, que los centros penitenciarios son como hoteles de unas cuantas estrellas… Creo que lo primero lo dirían muchas de ellas; lo segundo, si se pregunta con cierta precisión, lo harían muchas menos (Varona Gómez ha demostrado, para nuestro caso, que los españoles no somos especialmente punitivos, aunque es verdad que sus trabajos se han concentrado exclusivamente en cuestiones relativas a la cuantía de pena asociada a comportamientos delictivos y no a la ejecución de las mismas).

Nosotros, que no soportamos nuestras jaulas de oro, no parecemos tener especiales problemas en enjaular a otros. Y resulta curioso esta especie de desdoblamiento. Es verdad que, como diría cualquier experta en Filosofía moral o en Derecho penal (y cualquier persona de una manera más o menos intuitiva), esta “esquizofrenia” no tiene que ver (al menos exclusivamente) con una falta de empatía. El hecho diferencial sería el merecimiento. Mientras que nos resulta insoportable una restricción intensa de derechos “sin haber hecho nada para merecerla”, nos resulta más que justificada aquella que se vincula con un comportamiento personal previo que desvaloramos de manera muy intensa (con la comisión de un delito, vaya).

Aunque esto no es lo que me interesa aquí, sí que creo necesario mencionar brevemente que el concepto de responsabilidad personal, al menos en un sentido fuerte, no es precisamente uno de esos que esté llevando bien el paso de los años. Distintas ciencias revelan la libre determinación o libre albedrío como, en el mejor de los casos, un espejismo útil, lo que erosiona de una manera inevitable la idea de responsabilidad por los propios actos. Por lo demás, tampoco parece discutible la existencia de cierta corresponsabilidad social en un número importante de delitos (que son algunos de aquellos que se cometen con mayor frecuencia). Siendo esto así, nuestra esquizofrenia es menos comprensible. Todavía queda, es cierto, la posibilidad de operar con otras ideas de responsabilidad menos exigentes y razonablemente suficientes para sostener nuestra práctica del reproche intersubjetivo y la estructura del delito, pero en cualquier caso todas ellas pasan por vincular la imposición de una pena a algo más descafeinado que el MERECIMIENTO (así, en mayúsculas), y, en esa medida, debería llevarnos también a descargar de intensidad nuestro reproche hacia otras personas.

Pero al margen de esta pequeña digresión, lo que me parece indiscutible es que la restricción de derechos, impuesta conforme al merecimiento o no, es vivida y sentida por todos de la misma manera. Si esto es así, no nos queda más que comprender que, muchos de los problemas que se han detectado en estos días de confinamiento general puedan también trasladarse al ámbito penitenciario, con los matices que se quiera. Y lo cierto es que, si se mira con algo de detenimiento, muchas de las reivindicaciones y quejas que hemos sostenido durante estas largas semanas no son en nada distintas a las que sostienen sistemáticamente las presas y las especialistas que abogan por una disminución de la presión penal. Dos meses han sido insoportables, pero, ¿cómo serán 40 años (art. 76 CP) o toda una vida (cadena perpetua)?

Algo a tener en cuenta es que nuestro confinamiento (al menos el más estricto) ha sido, en términos cuantitativos, mucho menor que la pena privativa de libertad mínima que prevé nuestro ordenamiento, que es de tres meses (arts. 36.2 y 71.2 CP). Esto quiere decir que todos nuestros padecimientos se han extendido mucho menos que los de cualquier persona que cumpla una pena de prisión en España. Desde el punto de vista cualitativo, la diferencia es mucho más obscena. Las prisiones podrán ser “como un hotel” o los presos pueden vivir como marajás, pero es indiscutible que no tienen ni una pequeña parte de todos los elementos que nosotros hemos utilizado para llenar estas pesadas horas de estas pesadas semanas. Para empezar, porque el acceso a nuestro principal calmante durante este tiempo, los recursos disponibles a través de internet, es para ellas muy limitado. Pero ni que decir tiene que nosotras hemos tenido mucho más que internet: nuestra biblioteca, nuestra cocina, nuestro trabajo, nuestra nevera,… y, en muchos casos, también un contacto social elegido (la familia, la pareja, las compañeras de piso…). Como se entenderá, poco o nada de esto sucede en las prisiones. Pero eso nos da igual, aunque lo propio nos duela en lo más profundo.

Nuestras salidas, que siguen siendo autorizadas con cuentagotas, nos parecen pocas, se nos hacen insuficientes y estamos deseando que lleguen menores restricciones que nos permitan encontrarnos con familia y amigos. Pero, ¿en qué se diferencia esto con los permisos de salida que puede obtener una persona presa durante el cumplimiento de la pena privativa de libertad (por cierto, permisos que fueron suspendidos, junto con las visitas, entre el 15 de marzo y el 14 de mayo por la Orden del Ministerio del Interior INT/227/2020)?, ¿por qué estamos deseando poder hacer algo de vida normal en la calle y, sin embargo, no trasladamos ese mismo pensamiento al acceso a los permisos penitenciarios (el paroxismo, en el art. 78 CP) y, potencialmente, a la libertad condicional (art. 90 CP)? Y, por lo demás, con este tiempo de reducido o nulo contacto humano presencial, ¿no hemos perdido en parte el comportamiento social ordinario?, ¿no nos sentimos raros, torpes, y tenemos una cierta incapacidad para relacionarnos cuando salimos a la calle y comenzamos a ver a gente que hace unos meses que no veíamos? Puede que finalmente hayamos vivido en nuestra piel aquello de que la privación de libertad, incluso durante un corto período de tiempo, desocializa, y que los contactos regulares con el entorno son sanadores, aunque hasta ahora pensáramos que eso sólo se trataba de una idea feliz de “penalistas progres”. Puede que, de nuevo, estemos negando a ciertas personas algo que ahora vemos como imprescindible para nosotras.

Y, ¿cómo vivimos esa especie de carrera hacia la “desescalada” sin fechas determinadas para la progresión de fase?, ¿no estamos cada viernes pendientes de la decisión del Ministerio de Sanidad sobre si nuestra provincia o zona geográfica de referencia avanza en el desconfinamiento?, ¿no lo hacemos, a la vez, con esperanza pero con cierta desilusión precautoria (una precaución que va creciendo, junto con el desánimo, según se incrementa el número de denegaciones de progresión)? Este confinamiento, que no es permanente pero por momentos lo parece, se vive siempre con un ojo puesto en su alzamiento (total o parcial). Al igual que un preso condenado a prisión permanente revisable, que cada año (en su caso, tras muchos de privación de libertad), espera la suspensión de la ejecución del resto de la pena (art. 92 CP), nosotras esperamos, sin horizonte claro, la desaparición del confinamiento o, como poco, su alivio. Nosotras, sin embargo, todavía guardamos una esperanza bastante cierta de que esto suceda en unos días. Los presos condenados a prisión permanente revisable, después de, en el mejor de los casos, 25 años de privación de libertad y un sistema de revisión de la condena considerablemente subjetivo (y, como ha expuesto de manera cristalina Martínez Garay, propenso a la sobreestimación de la peligrosidad), deben tener una esperanza ligeramente inferior. Quizás (también) en eso resida la inhumanidad de dicha pena (vid. por ejemplo, STEDH as. Hutchinson c. Reino Unido, de 17/01/17, o la más reciente STEDH as. Viola c. Italia, de 13/07/19). Pero esto tampoco nos perturba, aunque sí el avance a la fase 1 de la desescalada para poder sentarnos en una terraza (y, en algunos casos, de manera irresponsable y merecedora de sanción -para que se vea que esto de la responsabilidad y el merecimiento no es sólo beneficio, sino también carga-).

Creo que se podrían encontrar más similitudes y más contradicciones, pero mi intención aquí no es ser exhaustivo sino provocador. Para esto último, me basta con unas reflexiones deshilvanadas e influidas, claro está, por lo duro de este tiempo. Para terminar por donde empezamos, con Antílopez, espero que «pronto las puertas encuentr[e]n una salida”. Las de las casas, por supuesto, pero también las de las prisiones, al menos en forma de privaciones de libertad menos extensas y menos intensas. Porque los barrotes del balcón no son tan distintos a los barrotes de la prisión.

0 Comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*