Reflexiones sobre la experiencia docente semipresencial

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Reflexiones sobre la experiencia docente semipresencial

Ni la mejor plataforma virtual, sustituye la presencia de un docente en un aula. Montserrat de Santiago (Doctora en Derecho por la Universidad de Valencia. Licenciada en Psicopedagogía y Maestra en Educación Primaria por la Universidad Autónoma de Madrid)

1. El contexto de la experiencia semipresencial

Las reflexiones que a continuación me propongo realizar tienen que ver con la experiencia que para los profesores y estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid supone la vigente docencia semipresencial (que intercala lo virtual con la presencia física en el centro), impartida en el contexto de la pandemia que venimos sufriendo.

Me gustaría poner en valor, antes de nada, el enorme esfuerzo, con resultado excelente, que ha realizado nuestra Facultad. En particular, desde el equipo decanal, dirigido por Juan Damián Moreno y el administrativo, cuyo máximo responsable es Alfonso de Andrés Marcos, en lo que hace a una serie de complejas e imprescindibles actuaciones que, sin ánimo de exhaustividad, paso a referir: la matriculación de los estudiantes y creación de los subgrupos para su rotación semanal docencia a distancia – docencia presencial; adaptación de infraestructuras; implantación de una nueva señalética para el edificio adaptada a los protocolos de prevención (teniendo en cuenta las medidas sanitarias recomendadas que, además de las orientadas a la higiene, comprenden el mantenimiento de la distancia de seguridad entre personas en cualquier espacio y el uso de gel hidroalcohólico), diferentes obras y retoques en las instalaciones, reordenación de aulas, accesos y circulación interior en la totalidad del edificio (mamparas, cintas, barreras y otros elementos que permiten dirigir los flujos de personas de manera segura para facilitar que se mantengan las distancias de seguridad). Asimismo, se han puesto en marcha la organización y dotación de medios materiales aplicados a la docencia en la modalidad de videoconferencia (en particular la tecnología asociada a las cámaras, que permiten hacer partícipes desde sus domicilios, y en tiempo real, al 50% de los estudiantes de cada grupo de las clases que se imparten en la Facultad). A ello ha de añadirse, el ingente trabajo acometido por el personal de administración y servicios, soporte informático, cafetería y el de limpieza encargado de implementar con regularidad unas exhaustivas labores de desinfección en ambos edificios de la Facultad.

A los profesores nos ha correspondido afrontar el proceso de adaptación a este tipo de docencia desde la segunda quincena del mes de marzo durante el confinamiento (en la especialidad de docencia online) y ahora en la vertiente semipresencial que constituye el objeto de estas reflexiones.

Nuestra Facultad de Derecho es presencial como lo es, con carácter general, la Universidad Autónoma de Madrid. La implantación de la enseñanza semipresencial constituye una respuesta imprescindible y eficaz a los imponderables del Covid-19. Se trata, pues, de una innovación aplicada en unas circunstancias y un contexto que cabe calificar de incierto, complejo, pero siempre en el horizonte debería tenerse presente que el número de horas presenciales vayan aumentando cuando la situación sanitaria lo permita.

2. Aspectos positivos (potencialidades) y carencias (debilidades) de la docencia a distancia en el contexto del Covid-19

Como enseña Manuel Area Moreira, la enseñanza no presencial o a distancia, hace referencia “al concepto de elearning, docencia virtual, aprendizaje online y otros similares para referirse a los procesos formativos apoyados total o parcialmente a través de las TIC en general, y particularmente, mediante entornos online”.

En concreto, la enseñanza semipresencial responde al concepto de blearning o enseñanza mixta. El blearning (blended learning), hace referencia, en palabras de Area, a la opción metodológica que consiste en “combinar y entremezclar situaciones de docencia y aprendizaje desarrolladas tanto en los espacios presenciales de aula, como a través de los recursos virtuales” (vid. http://www.revista-critica.com/la-revista/monografico/analisis/500-la-formacion-y-el-aprendizaje-en-entornos-virtuales).

Ya en 2012, el mencionado autor pronosticaba que “la educación o formación online, en línea o virtual es una realidad en expansión y es previsible que la misma se consolide y generalice con mayor fuerza en los próximos años”. A tal efecto, mencionaba tres tipos de razones que ya entonces avalaban, en su personal criterio, este tipo de enseñanza:

  • El incremento o amplificación de los potenciales usuarios/estudiantes de dichas instituciones ya que la enseñanza online permite que la oferta llegue a poblaciones que por motivos de lejanía o de incompatibilidad de horario no pueden acudir a clases presenciales.
  • La reducción de los costes económicos y de recursos humanos que implica la oferta de educación a distancia frente a la denominada presencial. Creo que esta razón es la que puede acabar imponiéndose y, frente a ello, las universidades que algunos denominan “tradicionales” deben hacer valer la garantía de calidad que acompaña a la labor docente e investigadora de sus profesores. Desafortunadamente algunos autores (SIMÓN PALLISÉ et al., p. 29) identifican la enseñanza presencial, de modo por completo carente de rigor, con lo que denominan “los sistemas funcionariales del sur de Europa”.
  • La posibilidad de “empaquetar” los materiales de un curso formativo y, en consecuencia, poder reutilizarlos o compartirlos con otras instituciones. Me parece que esta razón no ha de considerarse en términos absolutos, pues lo que aparenta ser una potencialidad de esta especialidad de docencia puede derivar en justamente lo contrario: una carencia. Cada clase es diferente, pues también lo son los alumnos que la integran.  A lo anterior a de añadirse, la necesidad de una actualización permanente de los contenidos.

En la actualidad, se viene insistiendo en que el sistema de enseñanza a distancia prevalecerá, más allá de la pandemia, hasta suplantar por completo al modo de formación universitaria presencial.

En este estado de cosas, me parece que es necesario llevar a cabo una reflexión para mostrar los motivos que nos llevan a defender la docencia presencial. La participación del alumnado es más ágil y dinámica en la docencia presencial, como también lo es el intercambio de ideas y pensamientos con el docente. Asistir a clase con las mismas personas durante el curso alimenta el sentido de pertenencia grupal, al tiempo que facilita el intercambio de ideas y una mayor implicación emocional en el aprendizaje por parte de los alumnos e incluso del propio profesor. Dudo mucho que la modalidad de docencia a distancia resulte compatible con el célebre efecto Pigmalión, de Rosenthal y Jacobson (1968), tan relevante en las aulas. Según estos autores, en función de las expectativas que los docentes tengan sobre sus alumnos, estos llegaran a ser lo que el profesor crea que van a ser (positivamente-negativamente). El efecto favorable de unas expectativas elevadas del profesor está ligado a la docencia presencial y a la emisión de mensajes positivos a los discentes sobre el valor de lo que se enseña y la eficacia asociada a la buena disposición y el esfuerzo como actitud ante sus estudios. A modo de ejemplo, resulta eficaz el referente positivo derivado de aludir en el aula a la trayectoria profesional brillante de algún antiguo alumno que vino precedida de una labor meritoria en su faceta como estudiante en la Facultad. Ese y otros efectos motivadores se cultivan desde la presencialidad: tanto en el aula, como al terminar las clases, en los pasillos, en las tutorías en el despacho del profesor, a la entrada o salida de la biblioteca e incluso en la cafetería, haciendo que se contagie un buen clima de aula tan necesario para el aprendizaje. Cuesta creer que virtualmente se produzca este efecto. Frente a ello, y en el otro extremo, son frecuentes los correos electrónicos en los que los estudiantes demandan el auxilio del profesor ante la mala audición en la modalidad a distancia, formulan preguntas porque no les pareció oportuno interrumpir las explicaciones del docente o simplemente porque su profesor no recibió en la pantalla del aula una solicitud de intervención cursada por el alumno desde su domicilio.

En realidad, la enseñanza a distancia reduce la capacidad de relación y atención de los estudiantes. En un sistema semipresencial de docencia los estudiantes han de redoblar sus hábitos de responsabilidad y autodisciplina en el seguimiento semanal de la asignatura de que se trate. En los dos primeros cursos del Grado, y especialmente en el primero, donde tan importante resulta culminar el proceso adaptativo al nuevo entorno académico, resulta especialmente importante la cercanía propia de la docencia presencial.

Como ha señalado Jorge Ballester (p. 5), “la combinación de ambos tipos de docencia no resulta pacífica pues los alumnos no tienen una idea clara de a qué sistema deben atenerse. Por un lado, asisten a unas clases presenciales que claramente son insuficientes, pues el contacto con el profesor cada quince días no genera el clima de trabajo suficiente para forzar una cotidianidad en el trabajo. En segundo lugar, existe un ámbito de trabajo virtual donde gran parte de la responsabilidad por el éxito corresponde al alumno, pues es él el encargado de adquirir los conocimientos y las competencias suficientes para obtener el éxito esperado en su proceso de autoaprendizaje. Pues bien, el resultado de este apartado virtual tampoco puede ser calificado como satisfactorio, pues los alumnos tienden a confiar demasiado en que las clases presenciales servirán para recuperar la pérdida de aquellos conocimientos y capacidades que no supieron obtener de la parte virtual”.

Si cabe, estas observaciones adquieren mayor relieve en las sesiones de seminario (por definición, plenamente participativas y más resistentes a un aprovechamiento óptimo en la docencia a distancia) que en las sesiones magistrales donde predomina la intervención del profesor. Por lo demás, no se olvide que el profesor no es un dispositivo electrónico que opere como una fuente de repetición automática de discursos. Una pregunta o duda que formule un alumno en una clase presencial puede derivar a un aprendizaje más profundo, completo y enriquecedor. Y ello a partir de la aportación del profesor, que con su experiencia y conocimiento especializado está llamado a aportar pausa y criterio al torrente de ideas de la juventud estudiosa, y la participación de los demás miembros del grupo de docencia. En definitiva, la retroalimentación adecuada, que forma parte de una enseñanza eficaz.

No debería hacer falta recordar que un docente universitario es, al propio tiempo, potencial creador y transmisor del conocimiento y de la ciencia.
Justamente, no hay nada más motivador, para el disfrute intelectual, que una sesión de docencia presencial de carácter participativo. Una exposición realmente cercana, apasionada y fluida que construye un cauce de reflexión a disposición de los alumnos en su camino hacia el conocimiento.

Una exposición presencial en la que cada gesto cobra de inmediato un sentido y cada cruce de miradas un significado. Como ha escrito Fernando Vallespín “Las clases no se dan, se representan (…) La enseñanza es incompatible con hablar a una pantalla”. En efecto, una óptima clase presencial a cargo de un profesor realmente capacitado para la docencia y entregado a su responsabilidad favorece un eficaz acercamiento al conocimiento, sembrando en los discentes curiosidad por las diferentes materias que van aprendiendo e incorporándolas a su propia mochila del saber generando además y es lo realmente trascendente, empatía con su profesor y su grupo.

Por lo expuesto con anterioridad, en mi criterio, la tarea docente ha de llevarse a cabo con entusiasmo, con nervio, en definitiva, con pasión y se da por hecho que con excelencia. Y eso únicamente se logra con la docencia presencial. Nuestros estudiantes se han mostrado, de modo significativo, decididos partidarios de la actividad formativa a través de su presencia en el aula.

La enseñanza íntegramente a distancia participa una comunicación incompleta, pues pierde viveza e inmediatez y por ello no satisface por completo las expectativas de nexo emocional entre docente y discentes. La docencia presencial, sin embargo, incorpora una comunicación mucho más completa y fluida. Enseñar es sentirse cerca del estudiante, conocer su opinión, normalmente carente de prejuicios, para aportarle nuestra experiencia en un auténtico despliegue de comunicación profunda y completa en el aula que nos hace mejores a todos cuantos participamos en la docencia universitaria. No ha de olvidarse que, a través de una formación integral y de calidad, se podrán generar los profesionales y las personas de una sociedad mejor y mejorada desde el conocimiento que se reclama con particular fuerza en esta hora de la historia.

Y todo lo anterior al servicio de un objetivo: poder transmitir al estudiante mucho más que datos que es tanto como hacerle partícipe de nuestra pasión por la ciencia y la actividad docente universitaria.

3. Valoración de conjunto de la docencia semipresencial

Tal y como se ha planteado en nuestra Facultad, esto es, como una respuesta eficaz ante las restricciones de la pandemia que todavía sufrimos, me parece una solución realmente acertada. Desde mi punto de vista el esfuerzo en mantener la docencia presencial tiene más sentido, si cabe, en una sesión de Seminario (que me parece más riguroso denominar “Docencia práctica”) que en una magistral (que prefiero rotular con como “Docencia general”). El tiempo óptimo de rotación entre ambas modalidades de enseñanza, y por el que acertadamente se ha optado en nuestra Facultad, es el semanal.

En otras Facultades de Derecho, como la de la Universidad de Alicante, se ha ensayado la periodicidad bisemanal (así puede leerse en la experiencia narrada por el Profesor Jorge Moya Ballester, p. 5) con escaso éxito, pues a los estudiantes les costaba retomar la enseñanza presencial tras una quincena alejados del aula.

Pese a encontrarnos en un momento crítico, en lo sanitario y en lo económico, sigue siendo importante disminuir la ratio de estudiantes por profesor. Sin duda, con el sistema semipresencial las necesidades de tutoría y apoyo resultan aún mayores que en época de normalidad. En mi criterio, el número ideal de estudiantes en sesiones magistrales (Docencia general en la terminología que me parece más adecuada) sería de 45 alumnos que se dividirían en tres grupos de 15 para afrontar las sesiones de Seminario (o Docencia práctica como prefiero decir). Se me puede tachar de utópico, pero a mi parecer todo depende de las posibilidades de financiación y de la voluntad de los responsables políticos para apostar en serio por la universidad pública presencial.

Las dificultades de la docencia a distancia alcanzan al acceso a los manuales electrónicos y otras obras de alta demanda en este formato a través de las bibliotecas de las Facultades. A lo anterior puede añadirse la bipolaridad que se genera en el aula cuando el docente ha de afrontar la impartición de la asignatura simultáneamente “a dos aulas a la vez”: la presencial y la virtual. Ello genera una tendencia en algunos profesores a centrar su atención en los estudiantes presenciales relegando, sin pretenderlo de manera consciente, a los que se encuentran en sus domicilios. Tampoco son menores las dificultades y limitaciones de la docencia a distancia cuando se pretende la realización a través de ella de exámenes o pruebas de evaluación en general. Una señal inequívoca de la desconfianza de los docentes en la enseñanza no presencial es su tendencia a incrementar de manera muy notable la proporción de materiales alojados en Moodle. Un incremento que los estudiantes suelen tachar de excesivo y muy difícilmente asumible al compararlo con los cursos desarrollados en entornos de normalidad académica.

El estudiante de Grado suele ser joven y está acostumbrado a la enseñanza presencial propia de sus estudios preuniversitarios. El sistema de docencia a distancia me parece más apropiado para alumnos que ya han superado el Grado y en algunos casos compaginan el estudio con una ocupación profesional. La docencia semipresencial podría encontrar en todo caso algún acomodo en los niveles de Posgrado y Máster, al incorporar en mayor medida la ventaja de la flexibilidad, reduciendo al propio tiempo las dificultades de adaptación y autodisciplina que quedan compensadas con la superior madurez de quienes cursan los niveles más elevados de la enseñanza superior.

4. Bibliografía

 

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  • BARTOLOMÉ CENZANO, José Carlos de (2014). Cómo estudiar Derecho. Técnicas y herramientas para el aprendizaje del Derecho. Valencia: Ed. Tirant lo Blanch. Esta magnífica obra recoge, de manera amena y profundamente didáctica, las principales claves prácticas para emprender el estudio de las materias propias de cualquier titulación de contenido jurídico. En mi criterio, es un excelente libro, de incuestionable valor transversal para la totalidad de los estudios de Grado en Derecho que, en mi humilde criterio, todo profesor de cualquier disciplina jurídica debería recomendar a sus estudiantes.
  • JARAMILLO Y CONTRERAS, Mario; MINGORANCE ARNÁIZ, Cristina (2020). 222 claves para ser un buen profesor universitario. Madrid: Ed. Dykinson. En especial, pueden consultarse las pp. 166-172. Se trata de un excelente manual práctico sobre docencia universitaria cuya lectura me parece, sin ningún género de dudas, imprescindible. Los autores abordan con extraordinaria habilidad y buen sentido todos los aspectos de lo que se podría denominar una auténtica “autoexploración” de las claves que un profesor realmente preocupado por la docencia debe revisar al concluir el curso e iniciar la preparación del siguiente.
  • LAPORTA SAN MIGUEL, Francisco Javier (Edición) (2003). La enseñanza del Derecho. Anuario de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Número 6 (2002). Madrid: Coedición de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid y el Boletín Oficial del Estado.
  • MERSAL, Fathia Ahmed; MERSAL, Nahed Admed (2014). Efecto del aprendizaje combinado en los resultados de los nuevos estudiantes de enfermería con respecto a las nuevas tendencias en la asignatura de enfermería en la Universidad Ain Shams. El Cairo (Egipto).
  • MOYA BALLESTER, Jorge (2011). Una experiencia en la docencia semipresencial. IX Jornadas de Redes de Investigación en Docencia Universitaria: diseño de buenas prácticas docentes en el contexto actual. Alicante: Universidad de Alicante, Instituto de Ciencias de la Educación.
  • PETSCHEN VERDAGUER, Santiago (2013). El arte de dar clases. Experiencias de los autores de libros de Memorias, Madrid: Ed. Plaza y Janés. Prólogo de Ricardo DÍEZ HOCHLEITNER. La obra acoge una serie de utilísimas reflexiones de carácter general sobre la docencia universitaria que se materializan en una invitación al lector a una profunda reflexión sobre el “arte de enseñar”.
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  • VALLESPÍN OÑA, Fernando (2020). Sócrates “on line”. Diario EL PAÍS, 15 de junio de 2020.

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