Covid19 y efectos del caso fortuito

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Covid19 y efectos del caso fortuito

Nota histórica y contemporánea sobre la situación de las prostitutas

En estos tiempos de peste, la lectura de los periódicos no deja de sorprendernos y, en muchos casos, a movernos a reflexiones en las que difícilmente nos hubiéramos ocupado en aquella “edad dorada” en que podíamos caminar libremente por las calles.

Leía en edición de reciente de un periódico, por más señas El país (02.04.2020), que: “Decenas de mujeres que ejercían la prostitución en el macroburdel Paradise son expulsadas de la pensión donde vivían”:

“El Paradise, uno de los prostíbulos más conocidos y más grandes de Europa, cerró el 13 de marzo las puertas por la pandemia del coronavirus. En su pensión en La Jonquera (Girona) vivían decenas de mujeres. “Unas 90”, asegura una de ellas. De la noche a la mañana, se vieron sin nada: “Nos quedamos, literal, con la maleta en la calle”.

El Paradise es un macroburdel de 2.700 metros cuadrados y 80 habitaciones. Muchas de las mujeres que trabajan allí también viven en él. Hacen “plaza”, teniendo que estar como mínimo 21 días para garantizarse un sitio en el club. “Primero nos dijeron que nos íbamos a quedar ahí 15 días”, explica una de ellas, por teléfono y pidiendo anonimato, desde el piso donde la han acogido. Admite que sintió cierta desconfianza: “Sospeché con lo de que no cerraba [la pensión]. Se comentaba que el dueño no era solidario. Esto es un negocio y él es un hombre de negocios”.

Al día siguiente, sábado, las mamis (mujeres que gestionan las habitaciones) confirmaron sus temores: debían irse. Como máximo, el domingo a mediodía tenían que estar fuera. “Por lo menos que nos hubiese dicho ‘quédense’ y que cada uno se busque la comida”, lamenta esta treintañera” […]

Las trabajadoras sexuales del Paradise pagan 80 euros por la habitación (75 de alquiler más 5 de luz). El precio incluye la comida y la cena. Las mujeres que bajan al club después de las seis de la tarde tienen que pagar 90 euros”.

 2. Nihil novum sub sole. Juan Francisco de Ripa (1480-1535) fue un célebre profesor de leyes en la Universidad de Pavía y luego en la de Aviñón, donde coincidió con el no menos memorable humanista Andrés Alciato. En sus años de profesor en Aviñón escribió un notable Iuridicus de peste tractatus, que, desde su primera edición de Lyon en 1522, gozó de una bien ganada fama, que lo hizo merecedor de múltiples reediciones en el siglo XVI y aun en el XVII.

En su Tractatus de peste, Ripa examinaba con detenida argumentación y recurso a los textos, cuanta cuestión jurídica podía presentar la peste. Después de haber diferenciado, en escrupulosa anatomía, la enfermedad (morbus) de la peste, caracterizaba a esta última como “un flagelo mayor y más horrible que la guerra”, como por lo demás ya habían hecho Bartolo de Sassoferrato y Baldo de Ubaldis y, por ende, todo lo que se predicaba y argumentaba en caso de guerra, podía traerse al caso de peste (valere argumentum de bellum ad pestem). A continuación, trataba, en 206 puntos, de todas las cuestiones a que daba lugar la peste en sede de contratos, y lo hacía bajo el título “De los privilegios de los contratos por causa de peste” (De privilegiis contractuum causa pestis).

Una serie de cuestiones, prolijamente abordadas por Ripa, era la de aquellas que suscitaba la peste en sede de las diversas especies de contratos de arrendamiento. En ellos, la continuidad en el tiempo de las prestaciones (lo que hoy solemos llamar “tracto sucesivo”), daba pie a que la peste superviniente a la celebración del contrato originara un amplio escenario de cuestiones y controversias, v. gr. de si el colono, por causa de peste, podía retirarse del cultivo del campo; o de si el inquilino, impedido por la peste de usar y disfrutar del campo alquilado, se hallaba obligado a pagar a su arrendador pro rata parte el precio del alquiler en relación con el tiempo que había estado impedido del uso y disfrute.

Otras eran aquellas singulares que tocaban a la peste en relación con los contratos en los que lo alquilado eran habitaciones o locales, como los que se hacían para que vivieran estudiantes durante el curso universitario, o artesanos para que ejercieran su oficio en el local alquilado, o a prestamistas que daban dinero a usuras.

3. Una cuestión específica, de las de la serie anterior, era la de aquel arrendador de casas o habitaciones para que en ellas ejercieran su oficio las meretrices. En este caso, y en tiempo de peste, se preguntaba: ¿Podrá el arrendador, que alquiló una casa a meretrices, expelerlas de ella bajo el pretexto de que allí se dedicaban a su oficio? (Locator, qui meretricibus domum locavit, an eas expellere poterit sub praetextu, quoad ibidem meretricantur).

La citada cuestión, no era diversa de la que plantea el caso del Paradise gerundense, y del que da cuenta el artículo del periódico que recordaba al iniciar estas páginas.

Ripa, en general trataba de estas cuestiones, sobre la base de diferenciar la situación del inquilino o arrendatario de la del arrendador. Así, sostenía que en caso de peste:

1º) El inquilino impedido de usar y disfrutar de la cosa alquilada durante los meses del tiempo de la peste podía impetrar la remisión del precio del alquiler correspondiente a los meses en que su uso y el disfrute estuvo impedido.

2º) Al arrendatario impedido, por la peste, de ejercer su oficio en la casa o habitación alquilada, debía concedérsele la remisión en atención al tiempo que estuvo impedido, si había alquilado la casa precisamente para el ejercicio de su oficio, como el perfumista, que, por la peste, no podía dedicarse en la casa alquilada a fabricar perfumes.

3º) El arrendador, por su parte, no podía según Ripa expeler a su arrendatario bajo el pretexto de que, por la peste, no podía ejercer su oficio o arte en la casa alquilada.

Este principio lo sostenía, con fundamento general, al afirmar que, incluso en el caso del alquiler de un local a un prestamista, no podía el arrendador expelerlo bajo el pretexto de que no podía en el local alquilado dar dinero a usuras, porque esa era una actividad prohibida y sujeta a penas públicas. De ahí que, si incluso en el caso de hallarse prohibido el ejercicio del arte al que se dedicaría el arrendatario en la cosa alquilada, no podía el arrendador poner término al alquiler, menos podía el arrendador, sub praetextu del ejercicio de un arte prohibido, hacer cesar el alquiler de la casa o habitación que había dado en arrendamiento.

4º) Por aplicación de la regla anterior, recordaba Ripa la antigua opinión de Felipe de Perusa, según la cual: “El arrendador no puede expeler a las meretrices, a las que alquiló una casa, porque se presume que el uso para el cual fue alquilada fue el ejercicio de la prostitución”.

Así, aunque por la peste no se pudiera dedicar la cosa al uso, o, aunque se dijera que no podía ser usada la cosa para la prostitución, en caso alguno podía el arrendador expeler a las meretrices de la casa alquilada.

4. En suma, tras la opinión de Ripa se hallaban unos principios cardinales de la configuración del alquiler en la cultura del derecho común europeo: el uso y el disfrute para el cual se convenía el alquiler hacían parte substancial del conrato y, desde la perspectiva del arrendatario, eran facultades a él concedidas y, en cuanto que tales, su no ejercicio constituía un acto que no daba derecho alguno al arrendador. En otras palabras, el arrendatario en tanto que pagara el precio del alquiler, podía usar y disfrutar la cosa en las condiciones convenidas, o podía abstenerse de ese uso y ejercicio (naturalmente sin darle un uso diverso, que, en tal supuesto, ya se caería en otro caso).

Si lo anterior era así, la peste, que impedía a las meretrices dedicar la casa alquilada para el fornicio lucrativo, sólo generaba estos efectos:

1º) Daba derecho a las meretrices arrendatarias a impetrar la remisión del precio en proporción al tiempo en que, por la peste, no habían podido destinar la cosa al uso convenido, pues éste era consubstancial al contrato.

2º) Daba derecho a que el alquiler se mantuviera, pues el uso convenido era una facultad de la que sólo podía disponer el arrendatario y no el arrendador y, en consecuencia, el arrendatario podía no usar de la cosa alquilada.

Con tan clara doctrina de Ripa, las arrendatarias de habitaciones en el Paradise de Gerona, habrían podido oponerse a que su pérfido arrendador las expeliera de ellas y, más aún, podrían perseverar en el alquiler y, acabada la peste del Covid19, exigirle que les remitiera del precio del alquiler la cantidad que tocaba a todo el tiempo que estuvieron impedidas de dedicarse a su antiguo oficio en las habitaciones alquiladas.

En fin, las opiniones de Ripa nos recuerdan, que en sede de fuerza mayor la cuestión de su efecto no extintivo de las obligaciones nacidas del contrato, sino sólo “suspensivo” de sus efectos, tiene una larga tradición histórica, y que ésta se hallaba ligada a la propia estructura del alquiler, en la que el uso convenido formaba parte de su substancia.

Leer a los clásicos siempre es útil, y en sede de peste no hay en derecho más clásico que Ripa.

2 Comentarios

  1. María Paz García Rubio 8 meses hace

    Muy ilustrativo Javier, como bien nos muestras, la historia siempre enseña

    • Autor
      Javier Barrientos Grandon 8 meses hace

      Gracias M.ª Paz. Sobre todo en estos tiempos, la sensibilidad histórica, y la más amplia cultural, no sólo nos permiten observar el presente con más matices, sino, también, advertir que no hemos estado solos con nuestras preocupaciones en ese largo camino de definir nuestra cultura.

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