¿Un “Golpe Híbrido” en Brasil? Bolsonaro en modo desesperación

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¿Un “Golpe Híbrido” en Brasil? Bolsonaro en modo desesperación

La afirmación de que los golpes, hoy en día, ocurren principalmente dentro de los cuadros institucionales, y no por un acto de fuerza exterior, se ha convertido en una constante en la política y en el constitucionalismo comparado. Libros y artículos sobre crisis, decadencias o muertes de la democracia bajo tal perspectiva se han convertido en auténticos bestsellers y son ampliamente citados en este campo.[1] Más específicamente en el derecho constitucional, conceptos como “constitucionalismo abusivo”[2], “juego duro constitucional”[3] y “erosión constitucional”[4], para citar solamente algunos, también han sido ampliamente utilizados. Ya no son aquellos golpes clásicos en que tanques o aviones van hacia los palacios presidenciales y los bombardean, mientras juntas militares asumen el control del gobierno. Se trata sobre todo de la subversión gradual de las herramientas democráticas y constitucionales en beneficio de supuestos autócratas, hasta que ya no haya vuelta atrás.  Sin embargo, ¿y los “golpes híbridos”? El término ha sido cuñado recientemente por Sergio Abranches, uno de los grandes cientistas políticos brasileños, para describir la estrategia de Bolsonaro. ¿Estará Brasil pasando por un tipo singular de golpe, que mezcla tácticas anticuadas y modernas para destruir la democracia? Indudablemente él se está moviendo en esta dirección. Ello no significa, no obstante, que tendrá éxito. En realidad, los “golpes híbridos” pueden ser, paradójicamente, menos eficientes para estos fines.

“Golpe híbrido” significa que las estrategias para minar la democracia desde dentro y a través de un acto externo de fuerza ocurren simultáneamente, en un proceso de refuerzo mutuo que al final puede traer el peor de los resultados. En este caso, aspirantes a autócratas enfrentan alguna resistencia institucional a su proyecto: la cooptación de instituciones e individuos ocurre, pero no es suficiente por sí sola; una coalición en el Parlamento es formada, pero no es sólida y ni siquiera mayoritaria para la aprobación de algunas propuestas legislativas, mucho menos de enmiendas constitucionales; courtpacking u otras formas de ataques a los tribunales están en su radar, pero el grado de fuerza y la autonomía judicial juega en contra de estos ataques. Por otro lado, el control civil de los militares puede ser menos real de lo que se imaginaba y, por tanto, hay un margen para adoptar a los militares como una fuerza amenazante con la que el Comandante en jefe puede contar, en el caso de que sus planos en otro frente no estén funcionando. Una estrategia alimenta la otra, y así la resistencia de las instituciones sufre contraataques por amenazas de una supuesta fuerza derivada de este apoyo de los militares. La política, poco a poco, va siendo dominada por un miedo creciente de escalada de la crisis y, cada vez más, hay una “normalización” de conflictos en niveles anteriormente inaceptables. Al final, no es fácil emprender un camino de vuelta, y no porque el autócrata potencial haya sido exitoso en subvertir el cuadro institucional en su beneficio a través de las herramientas constitucionales, sino porque, al hacerlo, él o ella necesitó recurrir a amenazas de un golpe clásico apoyado por los militares. Las instituciones, entonces, aceptan cada vez más un margen mayor de negociación con el ejecutivo con el objeto de “pacificar” los conflictos. Cuando ellas perciben que dicha normalización ya ha pasado de su punto, ya es demasiado tarde.

Golpes híbridos funcionan, por tanto, como el equivalente institucional de mudanzas en la llamada “venta de Overton”, que ha sido ampliamente discutida, por ejemplo, en los Estados Unidos durante el gobierno Trump. La “ventana de Overton” es un concepto elaborado por el analista político Joseph Overton que, en pocas palabras, significa que ideas que no están dentro de los límites de dicha ventana son comúnmente rechazadas en el debate público. Es un concepto dinámico, dado que lo que era, en principio, “políticamente impensable puede convertirse en dominante”. Kelly M. Greenhill, por ejemplo, escribió para la revista Foreign Affairs el artículo “How Trump Manipulates the Migration Debate: The Use and Abuse of Extra-Factual Information”, que discute la estrategia de Trump para “[mover] la ventana de Overton, de tal forma que políticas que eran recientemente impensables – y hasta ridículas – sean ahora dominantes”. Progresivamente, esta ventana se expande hacia otros asuntos anteriormente impensables, en un ciclo vicioso. Pedro Doria, periodista brasileño, asoció recientemente dicho movimiento al intento de Bolsonaro y sus seguidores de “normalizar” lo que antes era inaceptable para la población. Ejemplos de ello son el argumento de que la dictadura civil militar brasileña de 64 no era una dictadura, sino un “régimen fuerte” o que tales “visiones” disidentes son solamente una cuestión de “semántica”. Más grave todavía, dicho cambio puede abarcar el argumento de que un golpe contra las instituciones democráticas no es un golpe, sino un contragolpe al sistema que no permite que Bolsonaro gobierne. Poco a poco, la “ventana de Overton” expande su alcance hasta la propia idea de que un acto de fuerza es aceptable – y la red de fake news y la desinformación ayudan a alcanzar este objetivo.

Sergio Abranches escribió “O Golpe Híbrido de Bolsonaro” con el alarmante mensaje de que “hay un golpe en curso en el país”, cuyas señales están por todas partes. Él sostiene que, “para ejecutar su proyecto de modo que agrade, Bolsonaro necesita un recurso extraparlamentario que incluso le permita domesticar el parlamento y, a partir de éste, contener también al poder judicial”. El paisaje es realmente muy siniestro. Si bien puede haber algunas controversias acerca del apoyo de las Fuerzas Armadas a un golpe – y la mayoría de los analistas niega esta hipótesis –, no hay dudas de que Bolsonaro tiene apoyo significativo entre los militares y que ellos obtuvieron beneficios considerables en su gobierno. Si no son los militares, fuerzas de seguridad y milicias pueden ser utilizadas con este objetivo. Además, como dice Abranches, “el modelo mental que dirige Bolsonaro es el del golpe clásico”. Brasil estaría, por tanto, caminando en la dirección opuesta a los casos actuales de crisis democráticas. Es tan chocante que el reciente libro Crisis de la Democracia, de Adam Przeworski, parece no aplicarse muy bien al caso brasileño, por lo menos no en lo que concierne a la “cuestión militar”. Przeworski afirma, enfáticamente, que “la diferencia final, aunque no la menos importante, entre el pasado y el presente, que es ventajosa, es que los militares prácticamente desaparecieron de la escena política” y que “sorprendentemente [los militares] ya no son actores políticos, ni siquiera en América Latina, habiendo también casi desaparecido de las páginas de la ciencia política”[5]. Éste fue el caso de Brasil hace tan solo algunos años. Sin embargo, ya no lo es, para asombro de analistas brasileños y extranjeros.

No obstante, no se trata de un golpe clásico, sino la propia amenaza de un acto de fuerza siendo utilizado como una táctica de persuasión para avanzar con el proyecto de minar las instituciones democráticas desde dentro. Al usar solamente el propio marco legal e institucional, Bolsonaro no ha tenido mucho éxito – al menos no en el ritmo y en la amplitud que necesita hasta las próximas elecciones presidenciales de octubre de 2022. El presidencialismo de coalición y la alta fragmentación político-partidaria en Brasil exigen que presidentes hagan política y negocien con varios segmentos del ámbito político, mientras el poder judicial brasileño presenta uno de los niveles más altos de autonomía y fuerza en América Latina[6]. Bolsonaro ha tenido algunas dificultades para avanzar en su agenda más autoritaria en el Congreso Nacional y la reacción del poder judicial – particularmente del Supremo Tribunal Federal y del Tribunal Superior Electoral – ha sido consistente. Él ha venido saliéndose con la suya al persuadir algunos actores e instituciones clave que deberían fiscalizar su gobierno, en particular el Presidente de la Cámara de Diputados – que tiene el poder de aceptar una de las varias propuestas de impeachment que descansan sobre su mesa – y el Procurador-Geral da República – que tiene la iniciativa de enjuiciar el Presidente. Ello no significa, sin embargo, que él no esté arrinconado y es por ello que sus amenazas y ataques contra el Congreso y el Poder Judicial se han intensificado recientemente, llegando incluso a apelar a un golpe clásico como una amenaza constante estratégica de último recurso.

Es un escenario perturbador, especialmente para una democracia tan grande y, hasta hace poco tiempo, estable y en evolución constante como la de Brasil, cuyo control civil sobre los militares parecía hasta recientemente casi indiscutible. Una serie de acontecimientos mostró que esta premisa ya no se aplica al escenario actual. Lo más sorprendente ocurrió el pasado 10 de agosto, cuando tanques militares desfilaron en frente a la Praça dos Três Poderes en Brasília. El supuesto motivo de este desfile fue simplemente el de llevar al presidente Jair Bolsonaro una invitación para un entrenamiento de la Marina que debería ocurrir próximamente en Formosa, una ciudad de los alrededores de la capital. Este ejercicio militar ocurre todos los años, pero el desfile en frente a la Praça dos Três Poderes fue totalmente inédito. El mensaje no podría ser interpretado de otra forma: el objetivo de Bolsonaro era intimidar al Congreso, cuando éste estaba a punto de votar una propuesta de enmienda constitucional que podría haber cambiado radicalmente el moderno y bien valorado sistema electoral de votación electrónica brasileña. El Presidente pretendía que se retrocediera al voto por papeleta impresa. Al final no fue aprobada la enmienda – la reacción contraria de varios segmentos de la sociedad y, especialmente, de los magistrados del Tribunal Superior Electoral y del Supremo Tribunal Federal fue tajante. De todas formas, el episodio fue grotesco y, posiblemente, su mejor caracterización salió de la pluma de Tom Philips, en un artículo para el The Guardian titulado “Bolsonaro’s ‘Banana Republic’ Military Parade Condemned by the Critics”.

Si el desfile refleja visualmente el significado de un “golpe híbrido”, es sintomático que, en vez de una demostración de fuerza, éste haya revelado la flagrante debilidad de Bolsonaro y lo ridículo de unas Fuerzas Armadas en notable desmoralización. Ningún parlamentar se lo tomó en serio y tanto el presidente como los militares fueron objeto de chacota pública – los memes de los tanques exhalando humo negro se hicieron virales en las redes. Éste es precisamente uno de los efectos colaterales de los “golpes híbridos”: ellos son adoptados como un tradeoffentre fuerza política y militar cuando ninguno de los dos parece ser suficiente. Cuando los aspirantes a autócratas no tienen el primero, ellos presionan por el último – lo que tampoco tienen.  Se hace tan grotesco que la demostración de fuerza tiende a mostrar aún más debilidad, lo que proporciona una reacción institucional aún más nítida. Posiblemente es señal de nuestros tiempos – y ello quizás traiga de vuelta las palabras de Przeworski a la escena. Los militares no “desaparecieron de la escena política”[7], pero ellos ya no son tan amenazantes como antes. Vivir bajo una democracia por algunas décadas importa. La sociedad puede incluso aceptar que los militares participen del gobierno. Ello no significa, sin embargo, que los apoye cuando ello suponga ataques a la democracia mediante demostraciones de fuerza.

Incluso así, Bolsonaro avanza siempre con su estrategia de conflicto. No satisfecho de que su propuesta de enmienda constitucional [referente al retorno del voto impreso] no haya sido aprobada en el Congreso, él intensificó sus ataques a la suprema corte y, particularmente, a dos de sus magistrados – Alexandre de Moraes y Luís Roberto Barroso –, dado que ambos se opusieron más directamente a sus impulsos más autoritarios.  Bolsonaro presentó una petición de impeachment contra el ministro Alexandre de Moraes en el Senado. Moraes preside una investigación sobre fake news y ataques a instituciones democráticas que afectan directamente la estrategia electoral de Bolsonaro. Él también prometió que presentará otra petición contra Luís Roberto Barroso, quien ha trabajado intensamente para defender el prestigioso sistema de votación electrónica en Brasil. El Presidente del Senado, Rodrigo Pacheco, desestimó esta petición en menos de una semana tras su presentación, pero el dato más relevante quizás sea el de que el propio Bolsonaro lo haya firmado. El Abogado General de la Unión, que normalmente representa el Presidente, aparentemente se recusó a hacerlo.

Todos estos episodios deben ser, naturalmente, vistos como preocupantes, alarmantes y amenazadores. Diversos análisis políticos están naturalmente surgiendo en el ámbito nacional e internacional, perplejos ante el ritmo y la gravedad de estos acontecimientos. Se debe notar, sin embargo, que estos análisis pueden caer en una zona gris en la que, dependiendo de cómo estos acontecimientos son descritos, acaban promocionando el ciclo de la persuasión “auto-reforzante” que es estratégicamente útil para los “golpes híbridos”, expandiendo así la “ventana de Overton”. La necesidad de hacer demostraciones de fuerza en estos eventos y actos, catalizada por un conjunto de blufs e intimidaciones, forma parte del juego. Las peticiones de impeachment son un ejemplo claro, pues Bolsonaro sin duda sabía que no iban a ser atendidas. A pesar de ello, fueron reproducidos constantemente por los medios e incluso por comentaristas políticos, que refuerzan así la tendencia analítica que es benéfica para este tipo de tácticas.

El peligro está en el aire, pero, en lugar de ello, debemos mirar más directamente hacia lo que probablemente definirá el futuro de Brasil. De acuerdo con las últimas encuestas, Bolsonaro perderá para cualquier candidato en una segunda vuelta – para algunos, con una gran diferencia – en las próximas elecciones presidenciales y hay grandes posibilidades de que pierda para el expresidente Lula ya en la primera vuelta. Su índice de rechazo se disparó y ahora está por encima de 61%. La economía está reculando y la inflación está nuevamente entre las preocupaciones de los brasileños. Cada vez más, Bolsonaro ha venido perdiendo apoyo del mercado financiero y de los sectores productivos, lo que puede ser un golpe fatal para sus posibilidades electorales. Los militares tampoco están inmunes: ellos ven su popularidad mermarse a medida que han venido siendo progresivamente asociados al gobierno y a los graves casos de mala gestión y corrupción.

La verdad es que, independientemente del tipo de golpe – sea clásico, furtivo o híbrido –, algunos requisitos objetivos, especialmente el apoyo de sectores clave de la sociedad, son necesarios para que tenga éxito. Bolsonaro no tiene este apoyo. Además de ello, el diseño institucional, si bien presenta deficiencias, es importante. El presidencialismo de coalición brasileño, con su alta fragmentación partidaria, tiene muchas disfuncionalidades, pero ha venido funcionando como un escudo contra el autoritarismo, aunque de modo imperfecto; una Suprema Corte fuerte, de la misma forma, se ha movido cada vez más para adoptar distintas herramientas de protección de la democracia; y el federalismo ha venido desempeñando un papel importante al aumentar la competencia política y establecer alguna coordinación en favor del régimen democrático. Finalmente, la sociedad civil organizada también se ha movilizado rápidamente contra el gobierno en protestas que se están haciendo cada vez más frecuentes.

Brasil y el mundo deberían mirar con preocupación la secuencia de los acontecimientos que están sucediéndose y que, posiblemente, aumentarán en intensidad hasta que Bolsonaro, de hecho, abandone el cargo en enero de 2023. En estos momentos, él opera en “modo desesperación” y cuenta todavía con cierto respaldo social, principalmente entre las fuerzas del orden, incluido el ejército, la policía y las milicias. El próximo evento, destinado a mostrar su fuerza, está programado para el 7 de septiembre – coincidiendo con la fiesta nacional de la Independencia –, y, por cuenta de ello, Bolsonaro, miembros de su gobierno y de las fuerzas de seguridad han venido incitando a la sociedad en general a sublevarse contra las instituciones democráticas del país. Como demócratas, debemos denunciar y combatir esta secuencia de acontecimientos completamente inaceptables. Sin embargo, como analistas políticos, no debemos caer en el error de jugar el mismo juego de Bolsonaro, que pretende aparentar fuerza donde prácticamente no la tiene. Al final, la distorsión analítica indudablemente crece en momentos de estrés político. Los próximos meses serán feos y caóticos, pero los indicios empíricos con que contamos actualmente llevan a la conclusión de que no hay “golpe híbrido” que pueda derrocar la democracia brasileña.

 

Juliano Zaiden Benvindo es profesor en la Facultad de Derecho de la Universidade de Brasília, Coordinador del Centro de Estudos Constitucionais Comparados da Universidade de Brasília (CECC/UnB) e Investigador del Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico (CNPq/Brasil).

El artículo fue publicado originalmente en inglés en el International Journal of Constitutional Law Blog (I-CONnect) bajo el título “A ‘Hybrid Coup’ in Brazil? Bolsonaro in Desperate Mode”, el 26 de agosto de 2021: http://www.iconnectblog.com/2021/08/a-hybrid-coup-in-brazil-bolsonaro-in-desperation-mode/

La traducción al portugués fue publicada en https://constitucionalcomparado.com.br/um-golpe-hibrido-no-brasil-bolsonaro-em-modo-desespero/

La presente traducción al español fue realizada por Laura Beck Varela.

 

[1] Véase S. Levitsky and D. Ziblatt, How Democracies Die (Crown 2018); Y. Mounk, The People vs. Democracy: Why Our Freedom is in Danger and How to Save It (Harvard University Press 2018); T. Ginsburg and A. Z. Huq, How to Save a Constitutional Democracy (University of Chicago Press 2018); M. A. Graber, S. Levinson, and M. Tushnet, Constitutional Democracy in Crisis? (Oxford University Press 2018); Tom Gerald Daly, ‘Understanding Multi-directional Democratic Decay: Lessons from the Rise of Bolsonaro in Brazil’ (2020) 14 Law & Ethics of Human Rights 199, 199-226.

[2] David Landau, ‘Abusive Constitutionalism’ (2013) 47 U.C.D. L. Rev. 189, 189-260.

[3] Mark Tushnet, ‘Constitutional Hardball’ (2003) 37 The John Marshall L. Rev. 523, 523.

[4] E. P. Meyer, Constitutional Erosion in Brazil: Progresses and Failures of a Constitutional Project (Hart 2021).

[5] A. Przeworski, Crises of Democracy (Cambridge University Press 2019) 140.

[6] Véase Aníbal Pérez-Liñan, Andrea Castagnola, ‘Presidential Control of High Courts in Latin America: A Long-Term View (1904-2006)’ (2009) 1 Journal of Politics in Latin America 87, 87-114; G. Helmke and J. Rios-Figueroa, ‘Introduction’ in G. Helmke and J. Rios-Figueroa (ed.), Courts in Latin America (Cambridge University Press 2011) 1-26; Daniel M Brinks and Abby Blass, ‘Rethinking Judicial Empowerment: The New Foundations of Constitutional Justice’ (2017) 15 International Journal of Constitutional Law 296, 296-331.

[7] Przeworski, n. 5 supra.

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