¿Ese pequeño empujón que necesitábamos? Presente y futuro de los nudges en el ámbito del cumplimiento normativo

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¿Ese pequeño empujón que necesitábamos? Presente y futuro de los nudges en el ámbito del cumplimiento normativo

Diariamente y en multitud de situaciones cotidianas se presentan ante nosotros dos (o más) alternativas y tenemos que escoger una de ellas. ¿Voy al trabajo en autobús o camino para hacer un poco de deporte? ¿Compro el nuevo disco de AC/DC o ahorro mi dinero? ¿Preparo dorada al horno para cenar o encargo una pizza a domicilio? Lejos de lo que pueda pensarse, rara vez nuestra elección es producto de la más pura racionalidad y autocontrol. Sencillamente no nos es posible operar siempre como un homo economicus: tenemos demasiadas decisiones que tomar en nuestro día a día, el tiempo del que disponemos es limitado al igual que nuestra energía (y paciencia). Más bien, solemos escoger qué hacer de manera rápida, intuitiva y sin invertir demasiado esfuerzo. Ya lo advirtió el premio Nobel de Economía Daniel Kahneman: la mayor parte de nuestras decisiones las adopta nuestro automático, emotivo y precipitado Sistema 1, no el más frío, sosegado y reflexivo Sistema 2 al que le competen aquellas otras operaciones que demandan una mayor carga cognitiva (por ejemplo, resolver un complejo acertijo).

Desde luego, que los seres humanos nos comportemos de este modo tiene como evidente ventaja poder adoptar multitud de decisiones sin entorpecer con ello nuestras vidas. Pero también esa racionalidad y fuerza de voluntad limitadas comportan que más de una vez incurramos en errores a la hora de procesar la información. Errores que en psicología han recibido el nombre de sesgos (cognitivos o volitivos). En consecuencia, no siempre nuestra decisión final es la más acertada. A unos tales Richard H. Thaler y Cass R. Sunstein (2008), partidarios ambos de la denominada economía conductual (behavioral economics), se les ocurrió una rompedora y poco costosa estrategia para corregir esta tendencia. Si resulta que los seres humanos nos parecemos mucho más al irracional e impaciente Homer Simpson que al frío y calculador Mr. Spock y el contexto influye decisivamente en nuestras decisiones, ¿por qué no alterarlo sutilmente a fin de auxiliarnos a tomar aquellas que más nos benefician? A esta ligera modificación contextual introducida gracias a lo que sabemos sobre el comportamiento humano se le llamó “nudge”, en alusión al pequeño empujón brindado por las madres elefantes a sus recién nacidos con el propósito de ayudarles a empezar a andar, y a la persona encargada de ponerla en la práctica “arquitecto de decisión”. Para muestra, un botón:

En el aeropuerto de Ámsterdam-Schipol estaban hartos de que los hombres ensuciaran los baños públicos al momento de orinar. Por culpa de este desconsiderado comportamiento el coste de limpiar los baños de hombres era cinco veces superior al de mujeres. Cansado de esta situación, a un operario se le ocurrió una solución sencilla y barata que permitió ahorrar miles de euros a la compañía: colocar una pegatina en forma de mosca en el urinario, justo al lado del sistema de drenaje. El adhesivo aumentó la concentración y precisión de los usuarios ya que estos lo percibieron como una suerte de blanco de tiro, con lo cual, dejaron de salpicar. Este divertido ejemplo, que fue precisamente el que inspiró la filosofía nudge, demuestra lo prometedor que puede llegar a ser una minúscula pero decisiva modificación contextual realizada en atención a cómo los humanos nos comportamos. Gracias a ello, se redujeron hasta más de un 80 % las salpicaduras y, en consecuencia, los costes de limpieza disminuyeron drásticamente.

Me parece que no sería exagerado calificar a los nudges como una revolucionaria forma de lograr cambios en el comportamiento de los individuos. Tal es así que esta propuesta ya ha sido aplicada en el campo de las políticas públicas (por ejemplo, con miras a aumentar el pago de impuestos por los contribuyentes, promover hábitos alimenticios más saludables o conseguir que los conductores reduzcan la velocidad en la carretera) y en el sector privado (por ejemplo, para combatir el problema de la entrega de información falsa por los clientes de compañías de seguro o conseguir que las entidades de crédito cobren las deudas acumuladas por aquellos a quienes se le concedió un préstamo). Recientemente, también se está discutiendo si recurrir a los nudges durante los tiempos de pandemia que nos ha tocado vivir con el objetivo de incrementar las tasas de vacunación o evitar conductas que acarrean un riesgo de contagio para terceros (por ejemplo, colocarse inadecuadamente la mascarilla en lugares cerrados).

Como no podía ser de otro modo, el mundo del cumplimiento normativo no ha dejado pasar la oportunidad ofrecida por los nudges. En los últimos años algunos académicos se han mostrado a favor de emplearlos para mejorar la prevención de la delincuencia corporativa (por ejemplo, en Estados Unidos, Haugh, 2017 o Killingsworth, 2017; en Países Bajos, Kantorowicz-Reznichenko y Wells, 2021; en España, Cigüela Sola, 2020, Pérez Triviño, 2020, Tejada Plana, 2021, Turienzo Fernández, 2021). Nos hemos dado cuenta de que sólo con ética de los negocios (business ethics) no vamos a llegar muy lejos. Formar a los integrantes de la mercantil acerca de aquello dictado por la legislación penal y esforzarse por que interioricen lo transmitido sin duda es necesario. Pero contentarnos con esto equivaldría a quedarnos a medio camino. Es erróneo pensar que aquellos que en la esfera corporativa delinquen son siempre agentes pocos éticos con una brújula moral estropeada y un sistema de valores que difiere respecto aquel defendido firmemente por la compañía. La realidad es bien distinta. Entre quienes cometen delitos también hay sujetos que de base comparten las virtudes de cumplir con el Derecho pero que terminan por actuar de un modo contradictorio con ese deseo por su forma de actuar (condicionada por multitud de sesgos), las características del contexto empresarial en el que se desenvuelven así como, particularmente, las dinámicas de grupo que allí se gestan. Por ello, ya se está hablando sobre si los nudges servirían para corregir algunas (predecibles) tendencias conductuales nocivas que pueden terminar por conducir al individuo a quebrantar la Ley. No hay que olvidar que delinquir es una decisión como otra cualquiera y lo que interesa es todo lo contrario: acatar las normas. Introducir sutiles alteraciones en el contexto corporativo diseñadas a partir de lo aprendido de las ciencias del comportamiento tal vez sea de utilidad con tal de alcanzar tal fin.

Siguiendo a Haugh (2017), es posible identificar hasta tres categorías de nudges en cumplimiento normativo:

 a) Nudges de primer grado (o nudges deliberativos) que proporcionan información o recordatorios con el fin de activar el más racional Sistema 2 (por ejemplo, obligar a firmar la declaración de veracidad antes de rellenar un formulario, no después, o conceder tiempos de reflexión adicionales antes de completar una determinada operación);

 b) Nudges de segundo grado que o bien introducen una opción por defecto para aprovecharse del proceso de pensamiento dominante o reactivo o bien modifican el contexto empresarial de una forma tal que sólo mediante un esfuerzo mental es dable superar la alteración implementada (por ejemplo, contemplar espacios amplios y diáfanos en el lugar de trabajo con tal de promover vigilancia mutua entre los empleados);

 c) Nudges de tercer grado que impulsan una previsible respuesta asociativa ante la emisión de un determinado estímulo, apelando directamente, por tanto, al más irreflexivo Sistema 1 (por ejemplo, colgar posters de ojos observadores en los muros de la empresa con tal de generar una -falsa- sensación de vigilancia en los empleados).

Un primer reto que no podremos dejar de lado tiene que ver con la eficacia preventiva de los nudges. En compliance ninguna herramienta de control es perfecta e infalible. Los nudges no van a tener por qué ser una excepción a esa regla. Por eso mismo, habrá que explorar su potencial y ser muy prudentes a la hora de pretender extrapolar los resultados de estudios empíricos llevados a cabo sobre estos mecanismos en campos distintos al cumplimiento normativo (pues puede que los nudges sean operativos en un contexto pero no, en cambio, en otro). Por el momento, ya se está discutiendo sobre algunas de sus limitaciones. Entre otras, cabe señalar su presunto efecto cortoplacista, mas no largoplacista (puede que una vez los nudges se acoplen a una actividad rutinaria la gente deje de responder del mismo modo que cuando fueron introducidos por primera vez y de manera novedosa) o su menor capacidad para alterar comportamientos intencionales cuya comisión promete altos réditos personales o aquellos otros que acontecen en situaciones imprevisibles o azarosas. Naturalmente la resolución de este tipo de cuestiones posee una repercusión práctica innegable, toda vez que determina qué clases de nudges conviene implementar en el seno de la empresa y, en su caso, si es preciso actualizarlos a medida que pase el tiempo con tal de preservar su eficacia.

Paralelamente, se presenta otro reto más a propósito de aquel grupo de nudges que, en lugar de invitar a la reflexión, se aprovechan deliberadamente del lado irracional del ser humano. Thaler y Sunstein (2008) se afanaron por defender la filosofía paternalista libertaria que, a su juicio, subyace en los nudges. Sería libertaria porque a los sujetos no se les prohíbe escoger alguna de las opciones disponibles, lo que preserva su libertad de decisión. Pero también paternalista en tanto que al arquitecto de decisión se le concede la oportunidad de influir en la vida de la gente por su propio bien. Sin embargo, parte de la academia ha denunciado que aquellos nudges más intrusivos no serían más que tácticas manipuladoras, poco transparentes y, sobre todo, irrespetuosas con la autonomía individual. Naturalmente los expertos en compliance tendrán que abordar este debate. Ya no sólo será preciso explorar qué nudges funcionan óptimamente en aras de reducir los riesgos de incumplimiento y, en su caso, en qué medida. Por mucho que quede probado que algunos de ellos son realmente funcionales, deberá reflexionarse igualmente acerca de los límites éticos respecto a su uso con tal de definir cuáles superan los filtros necesarios como para que su implementación sea valorada como moralmente aceptable.

En resumen, los nudges representan una prometedora estrategia preventiva que cabría encuadrar dentro de una novedosa corriente del compliance que toma ventaja para sus propios fines de las investigaciones de las ciencias del comportamiento: el behavioral compliance. Parece que estamos avanzando hacia un modelo de cumplimiento normativo atento a los procesos de decisión individuales y a cómo los humanos nos comportamos en un determinado contexto. Naturalmente los nudges (o cualquier otra herramienta de modificación del comportamiento humano) ni pretenden ser la panacea ni aspiran a sustituir la más clásica mecánica de la vigilancia, el control y la disuasión delictiva a partir del juego de incentivos y amenazas (command and control). Como señala Killingsworth (2017), los sistemas de gestión de cumplimiento son una gran caja de herramientas y ninguna de ellas hace todo el trabajo sola. Esto tiene todo el sentido: donde no llegue una determinada medida de compliance, puede que sí llegue otra, por eso, hace falta contemplar varias y garantizar su debida armonía en tanto componentes de un sistema de prevención que son.

2 Comentarios

  1. Tania Villagra 4 meses hace

    Excelente artículo, gracias por compartir. Saludos desde Paraguay.

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  1. […] La presente entrada es una réplica del artículo original de Alejandro Turienzo publicado el 27 de septiembre de 2021 en el Blog de la Facu… […]

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