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La libertad es un valor políticamente manido. En el debate sobre la educación sexoafectiva se apela a ella desde diferentes posiciones ideológicas, como ilustró la polémica en torno al pin parental. Mi propuesta aquí es emplear la concepción de libertad que fundamenta el liberalismo igualitario como valor orientador de la educación sexoafectiva.

El liberalismo igualitario, como indica su etiqueta, propugna la igual libertad de las personas. La libertad, en una primera aproximación, consiste en elegir cómo se quiere vivir. La igualdad incluye la forma en la que nos relacionamos con los demás. Con base en esos dos valores fundamentales, destaco tres objetivos de la educación sexoafectiva: (i) que las personas adopten de manera reflexiva y crítica la sexualidad y los modelos de relación que valoran; (ii) que aprendan a respetar y a cuidar de las personas con las que se relacionan; y (iii) que desarrollen la capacidad de exigir el mismo respeto y cuidado para sí mismas.

En lo que sigue me centro en el primero de los objetivos mencionados: que las personas adopten de manera reflexiva y crítica la sexualidad y los modelos de relación que valoran. Para entender la concepción de la libertad que involucra esta propuesta es esclarecedor contrastarla con dos comprensiones diferentes de la libertad. Una de esas comprensiones es la libertad en un sentido meramente formal y consiste en que ni el Estado ni otras personas interfieran en mis decisiones. Ejemplos de vulneración de la libertad sexoafectiva así entendida son los matrimonios forzosos.

Una segunda concepción de la libertad requiere que las personas tengan efectivamente los bienes o recursos externos que necesitan para ejercer esa libertad. En este caso el deber correlativo del Estado es prestacional: asegurar a su ciudadanía las bases sociales o materiales para ejercer su libertad sexoafectiva. Las ventajas fiscales al matrimonio son una herramienta de este tipo, sin entrar en si están o no justificadas. También conviene explicitar, por ejemplo, que para tener relaciones sexuales suele hacer falta un espacio privado, de intimidad, al que las personas sin hogar no tienen acceso.

Pues bien, sin desmerecer la importancia de esas dos dimensiones de la libertad, mi propuesta apunta a una dimensión adicional que consiste en las herramientas internas que tenemos para tomar distancia frente a los valores heredados, cuestionarlos críticamente y asumir esos mismos valores u otros diferentes de manera reflexiva. Las teorías críticas nos han enseñado que nuestras preferencias están fuertemente condicionadas por los roles en los que somos socializados y socializadas, esto es, que aquello a lo que damos valor depende de lo que se espera de nosotros y nosotras, en virtud de la identidad social que se nos atribuye o con la que nos identificamos. En otras palabras, aprendemos modelos de lo que está bien y de lo que está mal y se incorporan sanciones sociales a quienes no encajan en el modelo que les corresponde, que variará en función de los grupos sociales a los que cada cual pertenezca. El género es un ejemplo paradigmático, pero también nuestra tradición cultural, religiosa, etc. afectan qué formas de sexualidad y qué modelos de relación valoramos o están bien o mal vistos por nuestro entorno social.

Frente a esa normatividad social, el liberalismo debe aliarse con las teorías críticas para reforzar la autonomía de las personas. La autonomía liberal consiste en que cada persona pueda formar, perseguir y revisar su propia concepción de lo bueno en la vida. Los debates de justicia social han tendido a focalizarse en la distribución de bienes externos, como el dinero, que se necesitan para perseguir la propia concepción del bien. Estos debates de justicia deben complementarse con un cuestionamiento de hasta qué punto las personas han formado autónomamente sus creencias, valores y preferencias y hasta qué punto la normatividad social en la que están insertas les permite revisar sus elecciones previas.

El ámbito educativo es especialmente propicio para el fortalecimiento de las capacidades críticas y reflexivas que sirven de herramienta para tomar distancia frente a lo heredado y evaluarlo. Y la vida sexoafectiva es una de las dimensiones en las que entra en juego la concepción del bien de las personas. Así, uno de los criterios de bondad y legitimidad de la educación sexoafectiva es que su fin sea emancipatorio o, en palabras diferentes, que dé herramientas para cuestionar los condicionantes sociales y tomar decisiones autónomas.

Una cautela sobre la que conviene llamar la atención. Mi propuesta no rechaza que las personas tengan una vida sexoafectiva que responda a los modelos normativamente heredados. Lo que reivindico es que esa decisión sea reflexiva. Lo digo por las críticas que una propuesta de este tipo puede recibir de ambos lados del elenco ideológico.

Por un lado, están las críticas de parte de la derecha, que ve la educación sexoafectiva como un ataque a los valores tradicionales, sea en el ámbito de las relaciones, sea en el de la sexualidad. Concedo que, efectivamente, no debe desdeñarse el riesgo de que el gobierno o legislador de turno se exceda en sus atribuciones y promueva formas concretas de ejercicio de la sexualidad y los afectos. Ahora bien, este riesgo es permanente en la vida política de una sociedad y no por ello abogamos por la inacción de aquellos poderes estatales, sino que articulamos mecanismos de control como el poder judicial, los medios de comunicación o la propia ciudadanía. Precisamente mi propuesta ofrece criterios para diferenciar la educación sexoafectiva legítima de aquella que no lo es.

Otra objeción a la educación sexoafectiva, aún desde parte de la derecha, es que desemboca en que la mayoría de las personas elijan una vida sexoafectiva distinta a la que valoran quienes presentan esta objeción. Como respuesta, la neutralidad liberal tiene que ver con la justificación de las leyes y políticas públicas y no con sus efectos. Si está justificado, como defiendo, que la educación aporte herramientas internas para que cada cual elija reflexivamente las formas de sexo y afectos que mejor le encajan y, de esta manera autónoma, resulta que casi nadie elige algunos modelos de relación, entonces el problema está en esos modelos y no en que se refuerce la libertad individual en la toma de decisiones. Como analogía, si en un restaurante nadie pide un plato del menú el problema es de esa propuesta gastronómica y no de las preferencias de los clientes, asumiendo que estos han tomado la decisión autónomamente, en el sentido fuerte de autonomía que estoy proponiendo.

Por otro lado, también hay críticas de parte de la izquierda o al menos en la manera en que transmiten algunas de sus propuestas de educación sexoafectiva. En ocasiones, parece que la autonomía solo se demuestra si se rechazan las creencias o valores hegemónicos. Una opción autónoma, sin embargo, es adoptar esas mismas creencias o valores de manera reflexiva. Por poner un ejemplo, teorías críticas frente a cierta normatividad social han puesto en cuestión que la maternidad sea condición de una vida valiosa como mujer. El error sería trasladar la presión social a quienes eligen ser madres. La educación sexoafectiva no debe tomar partido en cuanto al valor de la maternidad en la vida de una mujer, pero sí tiene que equipar a las personas con las capacidades críticas y reflexivas para decidir sobre ese valor.

La concepción de libertad que aquí he empleado es, en el fondo, la autonomía ilustrada, como opuesta a la heteronomía. Una heteronomía que se da cuando el Estado dicta los ideales de sexualidad y afectos, pero también cuando es el entorno social el que lo hace. La educación sexoafectiva debe evitar estos dos males y la manera de hacerlo es formando personas críticas y reflexivas, con recursos y herramientas para elegir con quién o quiénes y de qué maneras vivir sus relaciones sexuales y afectivas.

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